DE PROFUNDIS, Oscar Wilde

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astaroth1
view post Posted on 1/9/2010, 08:48




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Querido Bosie: Después de larga e infructuosa espera, he decidido escribirte yo, tanto
por ti como por mí, pues no me gustaría pensar que he pasado dos largos años de prisión
sin recibir de ti ni una sola línea, ni aun noticia ni mensaje que no me dieran dolor.
Nuestra infausta y lamentabilísima amistad ha acabado en ruina e infamia pública para
mí, pero el recuerdo de nuestro antiguo afecto me acompaña a menudo, y la idea de que
el aborrecimiento, la amargura y el desprecio ocupen para siempre ese lugar de mi corazón
que en otro tiempo ocupó el amor me resulta muy triste; y tú mismo sentirás, creo,
en tu corazón que escribirme cuando me consumo en la soledad de la vida de presidio es
mejor que publicar mis cartas sin mi permiso o dedicarme poemas sin consultar, aunque
el mundo no haya de saber nada de las palabras de dolor o de pasión, de remordimiento o
indiferencia, que quieras enviarme en respuesta o apelación.
No me cabe duda de que en esta carta en la que tengo que escribir de tu vida y la mía,
del pasado y el futuro, de cosas dulces que se tornaron amargura y cosas amargas que
pueden trocarse en alegría, ha de haber mucho que hiera tu vanidad en lo vivo. Si así fuera,
vuelve a leerla una y otra vez hasta que mate tu vanidad. Si algo encuentras en ella de
lo que te parezca ser acusado injustamente, recuerda que hay que agradecer que existan
faltas de las que se nos pueda acusar injustamente. Si hubiera en ella un solo pasaje que
lleve lágrimas a tus ojos, llora como lloramos en la cárcel, donde el día no menos que la
noche está hecho para llorar. Eso es lo único que puede salvarte. Si vas con lamentaciones
a tu madre, como hiciste a propósito del desprecio de ti que manifesté en mi carta a
Robbie, estarás totalmente perdido. Si encuentras una sola excusa falsa para ti, enseguida
encontrarás un ciento, y serás exactamente lo mismo que fuiste antes. ¿Sigues diciendo,
como le dijiste a Robbie en tu contestación, que yo «te atribuyo motivos indignos»? ¡Si tú
no tenías motivos en la vida! No tenías más que apetitos. Un motivo es un propósito intelectual.
¿Que eras «muy joven» cuando empezó nuestra amistad? Tu defecto no era que
supieras muy poco de la vida, sino que sabías mucho. El alba de la juventud, con su flor
delicada, su luz clara y pura, su alegría inocente y expectante, tú la habías dejado muy
atrás. Con pies muy raudos y corredores habías pasado del Romance al Realismo. La
cloaca y las cosas que en ella viven habían empezado a fascinarte. Ése fue el origen del
problema en el que buscaste mi ayuda, y yo, nada sabio según la sabiduría de este mundo,
por compasión y simpatía te la di. Tienes que leer esta carta de principio a fin, aunque
cada palabra sea para ti el fuego o el escalpelo del cirujano, que hace arder o sangrar la
carne delicada. Recuerda que el necio a los ojos de los dioses y el necio a los ojos del
hombre son muy distintos. Siendo enteramente ignorante de los modos del Arte en su revolución
o los estados del pensamiento en su progreso, de la pompa del verso latino o la
música más rica de las vocales griegas, de la escultura toscana o el canto isabelino, se
puede estar lleno de la más dulce sabiduría. El verdadero necio, ése del que los dioses se
ríen o al que arruinan, es el que no se conoce a sí mismo. Yo fui de ésos demasiado tiempo.
Tú has sido de ésos demasiado tiempo. No lo seas más. No tengas miedo. El vicio
supremo es la superficialidad. Todo lo que se comprende está bien. Recuerda asimismo
que lo que para ti sea penoso leer, aún más penoso es para mí escribirlo. Contigo los Po
deres Invisibles han sido muy buenos. Te han permitido ver las formas extrañas y trágicas
de la Vida como se ven las sombras en un cristal. La cabeza de Medusa, que petrifica a
los hombres, a ti se te ha dado mirarla en espejo solamente. Tú has caminado libre entre
las flores. A mí me han arrebatado el mundo hermoso del color y el movimiento.
Voy a empezar diciéndote que me culpo terriblemente. Aquí sentado en esta celda oscura,
vestido de presidiario, infamado y hundido, me culpo. En las noches de angustia
perturbadas y febriles, en los días de dolor largos y monótonos, es a mí a quien culpo. Me
culpo por dejar que una amistad no intelectual, una amistad cuyo objetivo primario no era
la creación y contemplación de cosas bellas, dominara enteramente mi vida. Desde el
primer momento hubo demasiada distancia entre nosotros. Tú habías estado ocioso en el
colegio, peor que ocioso en la universidad. No te dabas cuenta de que un artista, y sobre
todo un artista como soy yo, es decir, aquel en el que la calidad de la obra depende de la
intensificación de la personalidad, requiere para el desarrollo de su arte la compañía de
ideas, y una atmósfera intelectual, sosiego, paz y soledad. Tú admirabas mi obra cuando
la veías acabada; gozabas con los éxitos brillantes de mi estreno, y los banquetes brillantes
que los seguían; te enorgullecías, y era muy natural, de ser el amigo íntimo de un artista
tan distinguido; pero no podías entender las condiciones que exige la producción de
la obra artística. No hablo en frases de exageración retórica, sino en términos de fidelidad
absoluta al hecho material, si te recuerdo que durante todo el tiempo que estuvimos juntos
no escribí nunca ni una sola línea. Fuera en Torquay, Coring, Londres, Florencia o en
otros lugares, mi vida, mientras tú estuviste a mi lado, fue totalmente estéril y nada creadora.
Y con escasos intervalos estuviste, lamento decirlo, siempre a mi lado.
Recuerdo, por ejemplo, que en el mes de septiembre del 93, por escoger un solo ejemplo
entre muchos, tomé unas habitaciones, únicamente para trabajar sin que nadie me molestara,
porque había roto lo acordado con John Hare, para quien había prometido escribir
una obra, y que me estaba apremiando. Durante la primera semana te mantuviste lejos.
Habíamos disentido, y a decir verdad lógicamente, sobre la cuestión del valor artístico de
tu traducción de Salomé, así que te contentaste con mandarme cartas necias sobre ese tema.
En esa semana escribí y terminé hasta el último detalle, tal y como después se representaría,
el primer acto de Un marido ideal. En la segunda semana volviste, y prácticamente
tuve que abandonar el trabajo. Yo llegaba cada mañana a St James's Place a las
once y media, para poder pensar y escribir sin las interrupciones inevitables en mi propia
casa, aun siendo esa casa tranquila y pacífica. Pero era vano intento. A las doce llegabas
en coche, y te ponías a fumar y charlar hasta la una y media, en que había que llevarte a
almorzar al Café Royal o al Berkeley. El almuerzo, con sus copas, solía durar hasta las
tres y media. Durante una hora te retirabas a White's. A la hora del té volvías a aparecer,
y te quedabas hasta la hora de vestirse para la comida. Comías conmigo en el Savoy o en
Tite Street. Por regla general no nos separábamos hasta después de medianoche, porque
había que rematar el día memorable con una cena en Willis's. Esa fue mi vida durante
aquellos tres meses, día tras día, salvo en los cuatro días en que estuviste fuera del país.
Entonces, por supuesto, tuve que ir a Calais a recogerte. Para una persona de mi naturaleza
y temperamento, era una posición a la vez grotesca y trágica.
 
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astaroth1
view post Posted on 1/9/2010, 09:19




Ahora te darás cuenta, ¿no? Ahora tienes que ver que tu incapacidad de estar solo; tu
naturaleza inexorable en su continua exigencia de la atención y el tiempo de los demás; tu
carencia de la menor aptitud para la concentración intelectual sostenida; el desdichado
accidente -porque quiero pensar que fue sólo eso-- de que no pudieras adquirir el «talante
de Oxford» en materia intelectual, quiero decir no haber llegado nunca al juego airoso
con las ideas, sino sólo a la violencia de la opinión; te darás cuenta de que todas esas cosas,
combinadas con el hecho de tener puestos tus deseos e intereses en la Vida y no en el
Arte, eran tan destructivas para tu propio avance en la cultura como lo eran para mi traba
jo de artista. Cuando comparo mi amistad contigo con la de hombres todavía más jóvenes,
como John Gray y Pierre Lout's, me da vergüenza. Mi vida real, mi vida superior
estaba con ellos y con personas como ellos.
De los resultados atroces de mi amistad contigo no hablo por ahora. Estoy pensando
únicamente en su calidad mientras duró. Fue intelectualmente degradante para mí. Tú
tenías los rudimentos de un temperamento artístico en germen. Pero yo te conocí demasiado
tarde o demasiado pronto, no lo sé. Cuando estabas lejos yo estaba bien. En el momento,
a primeros de diciembre del año al que me he referido, en que conseguí convencer
a tu madre de que te sacara de Inglaterra, volví a recoger la trama rota y enredada de mi
imaginación, retomé mi vida en mis manos, y no sólo acabé los tres actos que faltaban de
Un marido ideal, sino que concebí y había casi completado otras dos piezas de índole totalmente
distinta, la Tragedia florentina y La Sainte Courtisane, cuando de pronto, sin ser
llamado, sin ser bienvenido, y en circunstancias fatídicas para mi felicidad, volviste. Las
dos obras que entonces quedaron imperfectas no las pude retomar. El estado de ánimo
que las había creado no lo pude recuperar nunca. Ahora que tú mismo has publicado un
volumen de poesía, podrás reconocer la verdad de todo lo que aquí he dicho. Puedas o no,
sigue siendo una verdad horrible en el corazón mismo de nuestra amistad. Mientras estuviste
conmigo fuiste la ruina absoluta de mi Arte, y al permitir que constantemente te interpusieras
entre el Arte y yo me cubrí de vergüenza y de culpa en el más alto grado. Tú
no lo sabías ver, no lo sabías entender, no lo sabías apreciar. Yo no tenía ningún derecho
a esperarlo de ti. Tus intereses empezaban y acababan en tus comidas y tus caprichos.
Tus deseos eran sencillamente diversiones, de placeres ordinarios o no tan ordinarios.
Eran lo que tu temperamento necesitaba, o creía necesitar en aquel momento. Debería
haberte prohibido la entrada en mi casa y en mis habitaciones salvo por invitación. Me
culpo sin paliativos por mi debilidad. Era pura debilidad. Media hora con el Arte siempre
fue más para mí que un ciclo contigo. Realmente nada, en ningún período de mi vida, tuvo
nunca la menor importancia para mí en comparación con el Arte. Pero en un artista la
debilidad es un crimen, cuando es una debilidad que paraliza la imaginación.
Me culpo también por haber dejado que me llevases a una ruina financiera absoluta y
deshonrosa. Me acuerdo de una mañana a comienzos de octubre del 92; estaba yo sentado
en el bosque ya amarilleante de Bracknell con tu madre. En aquel tiempo yo sabía muy
poco de tu verdadera naturaleza. Había estado de sábado a lunes contigo en Oxford. Tú
habías estado diez días conmigo en Cromer, jugando al golf. La conversación recayó sobre
ti, y tu madre empezó a hablarme de tu carácter. Me habló de tus dos defectos principales,
tu vanidad y, según sus palabras, tu «absoluta inconsciencia en materia de dinero
». Recuerdo muy bien cómo me reí. No tenía ni idea de que lo primero me llevaría a la
cárcel y lo segundo a la quiebra. Pensé que la vanidad era una especie de flor airosa en un
hombre joven; en cuanto a la prodigalidad -porque pensé que no se refería más que a la
prodigalidad-, las virtudes de la prudencia y el ahorro no estaban ni en mi naturaleza ni
en mi estirpe. Pero antes de que nuestra amistad cumpliera un mes más empecé a ver lo
que realmente quería decir tu madre. Tu insistencia en una vida de abundancia desenfrenada;
tus incesantes peticiones de dinero; tu pretensión de que todos tus placeres los pagara
yo, estuviera o no contigo, me pusieron al cabo de un tiempo en serios aprietos pecuniarios,
y lo que para mí, al menos, hacía aquellos derroches tan monótonos y faltos de
interés, conforme tu persistente ocupación de mi vida se hacía cada vez más fuerte, era
que el dinero realmente se gastara poco más que en los placeres de comer, beber y ese
tipo de cosas. De vez en cuando es un gozo tener la mesa roja de vino y rosas, pero tú
ibas más allá de todo gusto y mesura. Tú exigías sin elegancia y recibías sin gratitud. Diste
en pensar que tenías una especie de derecho a vivir a mi costa y con un lujo profuso al
que nunca habías estado acostumbrado, y que por eso mismo aguzaba tanto más tus apeti-
tos, y al final si perdías dinero jugando en un casino de Argel te bastaba con telegrafiarme
a la mañana siguiente a Londres para que abonase tus pérdidas en tu cuenta del banco,
y no volvías a pensar más en el asunto.
Si te digo que entre el otoño de 1892 y la fecha de mi encarcelamiento me gasté contigo
y en ti más de 5.000 libras en dinero contante y sonante, letras aparte, te harás una idea de
la clase de vida que exigías. ¿Te parece que exagero? Mis gastos ordinarios contigo para
un día cualquiera en Londres -en almuerzo, comida, cena, diversiones, coches y demássumaban
entre 12 y 20 libras, y el gasto semanal, lógicamente proporcionado, oscilaba
entre las 80 y las 130 libras. Nuestros tres meses en Goring me costaron (contando, por
supuesto, el alquiler) 1.340 libras. He tenido que recorrer paso a paso cada apunte de mi
vida con el Receptor de Quiebras. Fue horrible. «La vida llana y alto el pensamiento»
era, por supuesto, un ideal que en aquella época no podías apreciar, pero ese despilfarro
fue una vergüenza para los dos. Una de las comidas más deliciosas que recuerdo la hicimos
Robbie y yo en un cafetillo del Soho, y vino a costar en chelines lo que costaban en
libras las comidas que yo te daba. De aquella comida con Robbie salió el primero y mejor
de todos mis diálogos. Idea, título, tratamiento, tono, todo salió con un cubierto de tres
francos y medio. De las comidas desenfrenadas contigo no queda más que el recuerdo de
haber comido demasiado y bebido demasiado. Y el ceder yo a tus demandas era malo para
ti. Eso lo sabes ahora. Te hacía a menudo codicioso; a veces no poco desaprensivo;
insolente siempre. En demasiadas ocasiones había muy poca alegría, muy poco privilegio
en invitarte. Olvidabas, no diré la cortesía formal de dar las gracias, porque las cortesías
formales no van bien con una amistad estrecha, sino simplemente la elegancia de la compañía
cordial, el encanto de la conversación agradable, el rEpirvóvxaxóP, que decían los
griegos, y todas esas delicadezas amables que embellecen la vida, y que son un acompañamiento
de la vida como podría ser la música, armonización de las cosas y melodía en
los intervalos desabridos o silenciosos. Y aunque pueda parecerte extraño que una persona
en la terrible situación en que yo estoy encuentre diferencia entre una infamia y otra,
aun así reconozco francamente que la locura de tirar todo ese dinero por ti, y dejarte dilapidar
mi fortuna con daño tuyo no menos que mío, para mí y a mis ojos pone en mi Quiebra
una nota de disipación vulgar que me hace avergonzarme de ella doblemente. Yo estaba
hecho para otras cosas.
Pero más que nada me culpo de la total degradación ética en que permití que me sumieras.
La base del carácter es la fuerza de voluntad, y la mía se plegó absolutamente a la
tuya. Suena grotesco, pero no por ello es menos cierto. Aquellas escenas incesantes que
parecían ser casi físicamente necesarias para ti, y en las que tu mente y tu cuerpo se deformaban
y te convertías en algo tan terrible de mirar como de escuchar; esa manía espantosa
que has heredado de tu padre, la manía de escribir cartas repugnantes y odiosas;
esa absoluta falta de control sobre tus emociones que se manifestaba lo mismo en tus largos
y rencorosos estados de silencio reconcentrado como en los accesos súbitos de ira
casi epiléptica; todas esas cosas, en alusión a las cuales una de las cartas que te escribí,
dejada por ti en el Savoy o en otro hotel y por lo tanto presentada ante el Tribunal por el
abogado de tu padre, contenía un ruego no exento de patetismo, si en aquel tiempo hubieras
sido capaz de ver el patetismo en sus elementos o en su expresión, esas cosas, digo,
fueron el origen y las causas de mi fatídica rendición a tus demandas cada día mayores.
Me agotabas. Era el triunfo de la naturaleza pequeña sobre la grande. Era esa tiranía de
los débiles sobre los fuertes que en no sé dónde de una de mis obras describo como «la
única tiranía que dura».
 
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astaroth1
view post Posted on 1/9/2010, 10:08




Y era inevitable. En toda relación de la vida con otros tiene uno que encontrar algún
moyen de viere. En tu caso, había que ceder ante ti o dejarte. No cabía otra alternativa.
Por cariño hacia ti, profundo aunque equivocado; por una gran compasión de tus defectos
de modo de ser y temperamento; por mi proverbial buen carácter y mi pereza celta; por
una aversión artística a las escenas groseras y las palabras feas; por esa incapacidad para
el rencor de cualquier clase que en aquel tiempo me caracterizaba; por mi negativa a que
me amargasen o afeasen la vida lo que para mí, con la vista realmente puesta en otras cosas,
eran meras minucias que no valían más de un momento de pensamiento o interés; por
esas razones, aunque parezcan tontas, yo cedía siempre. Y el resultado natural era que tus
pretensiones, tus ansias de dominio, tus imposiciones fueran cada día más descomedidas.
Tu motivo más ruin, tu apetito más bajo, tu pasión más vulgar, eran para ti leyes a las que
había que amoldar siempre las vidas de los demás, y a las cuales, llegado el caso, había
que sacrificarlas sin escrúpulo. Sabiendo que con una escena podías siempre salirte con la
tuya, era lo más natural que recurrieras, no dudo que casi inconscientemente, a todos los
excesos de la violencia ruin. Al final no sabías a qué meta corrías, ni con qué propósito.
Habiendo entrado a saco en mi genio, mi voluntad y mi fortuna, quisiste, con la ceguera
de una codicia sin fondo, mi existencia entera. La tomaste. En el momento supremo y
trágicamente decisivo de toda mi vida, el que precedió al lamentable paso de iniciar mi
acción absurda, de un lado estaba tu padre atacándome con tarjetas repugnantes dejadas
en mi club, de otro lado estabas tú atacándome con cartas no menos detestables. La carta
que recibí de ti en la mañana del día en que te dejé llevarme al juzgado de guardia para
solicitar la ridícula orden de detención de tu padre fue una de las peores que nunca escribieras,
y por la más vergonzosa razón. Entre vosotros dos perdí la cabeza. Mi juicio me
abandonó. El terror ocupó su lugar. No vi escapatoria posible, lo digo francamente, de
ninguno de los dos. Ciegamente avancé como un buey al matadero. Había cometido un
error psicológico colosal. Siempre había pensado que el ceder ante ti en las cosas menudas
no significaba nada: que cuando llegase un gran momento podría reafirmar mi fuerza
de voluntad en su superioridad natural. No fue así. En el gran momento mi fuerza de voluntad
me falló por completo. En la vida no hay verdaderamente cosa pequeña ni grande.
Todas las cosas son del mismo valor y del mismo tamaño. Mi costumbre -al principio fruto,
más que nada, de la indiferencia- de ceder a ti en todo había venido a ser insensiblemente
una parte real de mi naturaleza. Sin yo saberlo, había estereotipado mi temperamento
en un solo estado permanente y fatal. Por eso, en el sutil epílogo a la primera edición
de sus ensayos, dice Patter que «El fracaso es formar hábitos». Cuando lo dijo, los
obtusos de Oxford no vieron en la frase más que una inversión traviesa del texto un tanto
manido de la Ética de Aristóteles, pero lleva escondida una verdad prodigiosa, terrible.
Yo te había dejado minar la fuerza de mi carácter, y para mí la formación de un hábito
había sido no ya Fracaso, sino Ruina. Éticamente habías sido todavía más destructivo para
mí que en lo artístico.
Una vez obtenida la orden de detención, tu voluntad fue, no hay que decirlo, la que lo
dirigió todo. En unos momentos en los que yo debería haber estado en Londres asesorándome
de personas sabias, y considerando con calma la trampa atroz donde me había dejado
meter -la ratonera, como tu padre la sigue llamando hasta el día de hoy- , tú te empeñaste
en que te llevara a Montecarlo, de todos los lugares repugnantes que hay en el
mundo, para poder pasarte todo el día jugando, y toda la noche, mientras estuviera abierto
el Casino. En cuanto a mí, que no le veo el encanto al bacará, yo me quedaba afuera solo.
Te negaste a comentar siquiera fuera en cinco minutos la situación en la que tú y tu padre
me habíais puesto. Lo mío era sencillamente pagar tus gastos de hotel y tus pérdidas. La
más mínima alusión a la prueba que me aguardaba era un fastidio. Una nueva marca de
champán que nos recomendaran tenía más interés para ti.
A nuestro regreso a Londres, los amigos que verdaderamente deseaban mi bien me imploraron
que me fuera al extranjero, que no afrontara un proceso imposible. Tú les imputaste
motivos viles para dar ese consejo, y a mí cobardía por prestarle oídos. Tú me for
zaste a quedarme para salir adelante en el estrado, si era posible, con perjurios tontos y
absurdos. Al final, yo fui, naturalmente, detenido, y tu padre fue el héroe del día; más
aún, en realidad, que el héroe del día; tu familia se codea ahora, mira qué curioso, con los
Inmortales: pues por uno de esos efectos grotescos que son, por así decirlo, el elemento
gótico de la historia, y que hacen de Clío la menos seria de todas las Musas, tu padre vivirá
siempre entre los padres buenos y puros de la literatura de catequesis, tu sitio está
con el del Niño Samuel, y yo me veo sentado en el cenagal más bajo de Malebolge, entre
Gilles de Retz y el marqués de Sade.
Por supuesto que debería haberme librado de ti. Me debería haber sacudido tu persona
como se sacude uno de la ropa una cosa que le ha pinchado. En el más maravilloso de
todos sus dramas, Esquilo nos habla del gran Señor que cría en su casa al cachorro de
león, el λέοντος ίνιν, y le quiere porque acude con mirada encendida a su llamada y le pide
mimoso la comida: φαιδρωπός ποτί χετρα σαίνων τε γαστρός ένέγχις. Y la cosa crece y
muestra la naturaleza de su raza, ήθος τò πρόσθε τοχήων, y destruye al señor y su casa y
todas sus pertenencias. Siento que yo fui como él. Pero mi falta estuvo, no en que no me
separara de ti, sino en que me separé de ti demasiadas veces. Que yo recuerde, ponía fin a
mi amistad contigo cada tres meses sin falta, y cada vez que lo hacía tú te las ingeniabas
con súplicas, telegramas, cartas, la intervención de tus amigos, la intervención de los míos,
etcétera, para persuadirme a dejarte volver. Cuando a finales de marzo del 93 saliste
de mi casa de Torquay, yo había resuelto no volver a hablar contigo, ni permitir que bajo
ninguna circunstancia te acercases a mí, tan repugnante había sido la escena que me
hiciste la noche antes de tu partida. Escribiste y telegrafiaste desde Bristol rogando que te
perdonara y te recibiera. Tu tutor, que se había quedado conmigo, me dijo que a su juicio
eras a veces totalmente irresponsable de tus palabras y tus actos, y que la mayoría, si no
todos, de los de Magdalena eran de la misma opinión. Yo accedí a recibirte, y por supuesto
te perdoné. Camino de Londres me suplicaste que te llevara al Savoy. Aquella visita
fue funesta para mí.
Tres meses después, en junio, estamos en Goring. Unos amigos tuyos de Oxford vienen
invitados de sábado a lunes. La mañana del día en que se fueron me hiciste una escena
tan espantosa, tan lamentable, que te dije que debíamos separarnos. Lo recuerdo muy
bien: estábamos en el campo llano de croquet, en medio de la hermosa pradera, y te hice
notar que nos estábamos deshaciendo mutuamente la vida, que tú estabas destrozando la
mía por completo y que era evidente que yo no te hacía realmente feliz, y que lo único
sabio y filosófico era una despedida irrevocable, una separación total. Tú te fuiste malhumorado
después de comer, dejando una de tus cartas más ofensivas para que el mayordomo
me la entregara después de tu marcha. No habían pasado tres días cuando me telegrafiaste
desde Londres con el ruego de que te perdonara y te dejara volver. Yo había alquilado
aquel sitio para darte gusto. Había contratado a tus propios criados a petición tuya.
Siempre había lamentado muchísimo aquel genio horrible del que verdaderamente
eras víctima. Te tenía cariño. Así que te dejé volver y te perdoné. Otros tres meses después,
en septiembre, hubo nuevas escenas, con ocasión de haberte yo señalado las faltas
elementales de tu intento de traducción de Salomé. A estas alturas ya debes tener suficiente
dominio del francés para saber que la traducción era tan indigna de ti, como mero
oxoniano, como de la obra que pretendía verter. Claro está que entonces no lo sabías, y
en una de las cartas violentas que me escribiste al respecto decías no tener «obligación
intelectual de ninguna especie» hacia mí. Recuerdo que al leer esa afirmación pensé que
era lo único realmente veraz que me habías escrito en todo el curso de nuestra amistad.
Vi que una naturaleza menos cultivada realmente te habría ido mucho mejor. No digo
esto con ninguna amargura, simplemente como un hecho de la compañía. A fin de cuentas
el ligamento de toda compañía, sea en el matrimonio o en la amistad, es la conversa
ción, y la conversación tiene que tener una base común, y entre dos personas de cultura
muy diferente la única base común posible es el nivel más bajo. Lo trivial en el pensamiento
y en la acción es encantador. Yo había hecho de ello la clave de una filosofía muy
brillante expresada en obras de teatro y paradojas. Pero la espuma y la necedad de nuestra
vida a menudo se me hacían muy cansadas; sólo en el cenagal nos encontrábamos; y aun
siendo fascinante, terriblemente fascinante el único tema sobre el que invariablemente
giraba tu charla, aun así acabó por resultarme absolutamente monótono. A menudo me
aburría mortalmente, y lo aceptaba como aceptaba tu pasión por ir al music-hall, o tu manía
de derroches absurdos en la comida y la bebida, o cualquier otra de tus características
menos atractivas para mí, es decir, como algo que simplemente había que soportar, una
parte del alto precio que se pagaba por conocerte. Cuando tras salir de Goring fui a pasar
dos semanas a Dinard te enfadaste muchísimo conmigo por no llevarte, y, antes de mi
marcha, hiciste algunas escenas muy desagradables sobre el tema en el Albemarle Hotel,
y me enviaste algunos telegramas igualmente desagradables a una casa de campo donde
estaba pasando unos días. Yo te dije, lo recuerdo, que me parecía que estabas obligado a
estar un poco con tu familia, porque habías pasado toda la temporada lejos de ellos. Pero
en realidad, para serte totalmente franco, no habría podido bajo ninguna circunstancia
tenerte conmigo. Llevábamos juntos casi doce semanas. Yo necesitaba reposo y libertad
de la terrible tensión de tu compañía. Me era necesario estar un poco solo. Intelectualmente
necesario. Y por eso te confieso que en esa carta tuya que he citado vi una buena
oportunidad de poner fin a la amistad funesta que había nacido entre nosotros, y ponerle
fin sin amargura, como ya de hecho lo había intentado aquella luminosa mañana de junio
en Goring, tres meses antes. Se me hizo ver, sin embargo -debo decir honradamente que
fue uno de mis amigos, a quien habías acudido en el apuro-, que sería para ti muy hiriente,
quizá casi humillante, que te devolviera el trabajo como se le devuelve el ejercicio a
un colegial; que yo esperaba demasiado de ti intelectualmente; y que, al margen de lo que
escribieras o hicieras, me tenías una devoción total y absoluta. Yo no quería ser el primero
en frustrar o desanimar tus comienzos literarios; sabía muy bien que ninguna traducción,
a menos que la hiciera un poeta, podía reproducir adecuadamente el color y la cadencia
de mi obra; la devoción me parecía, y me sigue pareciendo, una cosa maravillosa,
que no hay que desechar a la ligera; de modo que os retomé, a ti y la traducción. Exactamente
tres meses más tarde, tras una serie de escenas que culminaron en una más repugnante
de lo habitual, cuando un lunes por la tarde viniste a mis habitaciones acompañado
por dos de tus amigos, me vi literalmente huyendo al extranjero a la mañana siguiente
para escapar de ti, dando a mi familia una razón absurda de mi súbita marcha, y dejándole
a mi criado una dirección falsa por miedo a que me siguieras en el primer tren. Y recuerdo
que esa tarde, en el tren que me llevaba en volandas a París, me puse a pensar en lo
imposible, terrible, absolutamente equivocado del estado en que había caído mi vida, si
yo, un hombre de reputación mundial, tenía materialmente que salir corriendo de Inglaterra
por librarme de una amistad que era completamente destructiva de todo lo bueno que
había en mí, desde el punto de vista intelectual o ético; y siendo la persona de la que huía,
no un ser terrible salido de la cloaca o del cenagal a la vida moderna y con el que yo
hubiera enredado mis días, sino tú, un muchacho de mi misma posición y rango social,
que habías ido a mi mismo colegio de Oxford y eras un invitado constante en mi casa.
Llegaron los habituales telegramas de ruegos y remordimientos: me hice el sordo. Por fin
amenazaste con que, a menos que consintiera en recibirte, por nada del mundo accederías
a irte a Egipto.
 
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astaroth1
view post Posted on 1/9/2010, 11:19




Yo mismo, con tu conocimiento y conformidad, le había rogado a tu madre
que te enviara a Egipto para alejarte de Inglaterra, porque en Londres estabas echando
tu vida a perder. Sabía que si no ibas se llevaría una desilusión terrible, y pensando en
ella te recibí, y bajo la influencia de una gran emoción, que ni siquiera a ti se te puede
haber olvidado, perdoné el pasado; aunque no dije absolutamente nada del futuro.
A mi vuelta a Londres al día siguiente, recuerdo haber estado sentado en mi habitación,
intentando triste y seriamente determinar si de verdad eras o no lo que me.parecías ser,
tan lleno de terribles defectos, tan totalmente ruinoso para ti y para los demás, tan fatídico
para el que simplemente te conociera o estuviera contigo. Toda una semana estuve pensándolo,
y preguntándome si en el fondo no sería que yo era injusto y me equivocaba en
mi estimación de ti. Al cabo de la semana me traen una carta de tu madre. Expresaba con
puntos y comas las mismas impresiones que yo tenía de ti. En ella hablaba de tu vanidad
ciega y exagerada, que te hacía despreciar tu casa y calificar de «filisteo» a tu hermano
mayor -candidissima anima-; de tu mal genio, que hacía que le diera miedo hablarte de tu
vida, de la vida que ella intuía, sabía, que estabas llevando; de tu conducta en cuestiones
de dinero, tan penosa para ella en más de un aspecto; de la degeneración y el cambio que
había habido en ti. Tu madre veía, cómo no, que la herencia te había cargado con un legado
terrible, y lo reconocía con franqueza, lo reconocía con terror: es «el único de mis
hijos que ha heredado el fatal temperamento de los Douglas», decía de ti. Al final afirmaba
que se sentía obligada a declarar que tu amistad conmigo, en su opinión, había intensificado
de tal modo tu vanidad que ésta había llegado a ser la fuente de todos tus defectos,
y me pedía encarecidamente que no te viera en el extranjero. Yo le respondí inmediatamente,
diciéndole que estaba totalmente de acuerdo con todas y cada una de sus palabras.
Añadí mucho más. Llegué hasta donde podía llegar. Le conté que el origen de nuestra
amistad era que tú, en tus tiempos de estudiante en Oxford, habías venido a pedirme que
te ayudara en un asunto muy serio de una índole muy particular. Le conté que tu vida
había estado continuamente turbada de la misma manera. De tu ida a Bélgica habías
echado tú la culpa a tu compañero en ese viaje, y tu madre me había reprochado el habértelo
presentado. Yo trasladé la culpa a donde debía estar, sobre tus hombros. Acabé asegurándole
que no tenía la menor intención de reunirme contigo en el extranjero, y rogándole
que tratase de retenerte allí, bien como agregado honorario, si eso fuera posible, o
para aprender lenguas modernas, si no lo fuera; o con el motivo que le pareciera, al menos
durante dos o tres años, y por tu bien así como por el mío.
Entretanto tú me estabas escribiendo en cada correo que venía de Egipto. Yo no hice el
mas mínimo caso de ninguna de tus comunicaciones. Las leía y las rompía. Tenía muy
decidido no tener más trato contigo. Estaba resuelto, y me dediqué con alegría al arte cuyo
progreso te había dejado interrumpir. Pasados tres meses, tu madre, con esa desdichada
debilidad de la voluntad que la caracteriza, y que en la tragedia de mi vida ha sido un
elemento no menos fatídico que la violencia de tu padre, me escribe ella misma -no me
cabe duda, claro está, que instigada por ti- y me dice que estás preocupadísimo por no
saber de mí, y que para que no tenga excusa para no comunicarme contigo me envía tu
dirección en Atenas, que, por supuesto, yo conocía perfectamente. Confieso que su carta
me dejó absolutamente pasmado. No entendía que, después de lo que me había escrito en
diciembre, y lo que yo le había escrito a ella en respuesta, pudiera de ninguna manera tratar
de reparar o reanudar mi desgraciada amistad contigo. Respondí a su carta, naturalmente,
y una vez más la insté a que intentase ponerte en relación con alguna embajada,
para evitar que volvieses a Inglaterra, pero a ti no te escribí, ni hice más caso de tus telegramas
que antes de que tu madre me escribiera. Finalmente telegrafiaste a mi mujer pidiéndole
que usara de su influencia conmigo para que yo te escribiera. Nuestra amistad
siempre había sido una fuente de malestar para ella: no sólo porque nunca le agradaste
personalmente, sino porque veía cómo tu compañía continua me alteraba, y no para mejor;
de todos modos, lo mismo que contigo había mostrado siempre la mayor finura y
hospitalidad, así tampoco pudo soportar la idea de que yo fuera de ninguna manera ingra
to -porque eso le parecía- con ninguno de mis amigos. Pensaba, sabía de hecho, que eso
no iba con mi carácter. A petición suya sí me comuniqué contigo. Recuerdo muy bien el
texto de mi telegrama. Te decía que el tiempo cura todas las heridas, pero que de allí a
muchos meses no quería ni escribirte ni verte. Tú saliste inmediatamente para París, enviándome
por el camino telegramas apasionados en los que suplicabas que te viera una
vez, aunque no fuera más. Yo me negué. Llegaste a París un sábado por la noche, y encontraste
en el hotel una breve carta mía diciendo que no quería verte. A la mañana siguiente
recibí en Tite Street un telegrama tuyo de unas diez u once páginas. En él declarabas
que, fuera lo que fuese lo que me hubieras hecho, no podías creer que yo me negase
rotundamente a verte; me recordabas que por verme siquiera una hora habías viajado durante
seis días con sus noches por Europa sin hacer alto ni una sola vez; hacías un llamamiento
muy patético, lo reconozco, y acababas con lo que me pareció ser una amenaza de
suicidio, y no muy velada. Tú mismo me habías contado con frecuencia cuántos había
habido en tu estirpe que se habían manchado las manos con su propia sangre; tu tío ciertamente,
tu abuelo posiblemente; muchos otros en la línea mala y demente de la que procedes.
La piedad, mi antiguo afecto por ti, la consideración a tu madre, para quien tu
muerte en tan terribles circunstancias habría sido un golpe casi insoportable, el horror de
pensar que una vida tan joven, y que entre todos sus feos defectos aún tenía en sí una
promesa de belleza, pudiera tener un fin tan repulsivo, la mera humanidad: todo eso, si
hicieran falta excusas, debe servirme de excusa por haber consentido otorgarte una última
entrevista. Cuando llegué a París, tus lágrimas, derramadas una y otra vez durante toda la
velada, que caían sobre tus mejillas como lluvia mientras comíamos primero en Voisin y
cenábamos después en Paillard; la alegría no fingida que mostraste al verme, tomándome
de la mano siempre que podías, como si fueras un niño dulce y penitente; tu contrición,
tan sencilla y sincera, en aquel momento, me hicieron acceder a reanudar nuestra amistad.
Dos días después habíamos vuelto a Londres, tu padre te vio almorzando conmigo en el
Café Royal, se sentó a mi mesa, bebió de mi vino, y esa tarde, mediante una carta dirigida
a ti, inició su primer ataque contra mí.
Puede ser extraño, pero otra vez me vi puesto, no diré en la ocasión, sino en el deber de
separarme de ti. No hace falta que te señale que me refiero a tu conducta conmigo en
Brighton del 10 al 13 de octubre de 1894. Remontarse a hace tres años es mucho para ti.
Pero los que vivimos en la cárcel, y en cuyas vidas no hay más acontecimiento que la pena,
tenemos que medir el tiempo por espasmos de dolor y el registro de los momentos
amargos. No tenemos otra cosa en que pensar. El sufrimiento -por curioso que esto pueda
parecerte- es el medio por el que existimos, y es el único medio por el que somos conscientes
de existir; y el recuerdo del sufrimiento en el pasado nos es necesario como garantía,
evidencia, de nuestra identidad continuada. Entre yo y el recuerdo de la alegría
hay un abismo no menos profundo que entre yo y la alegría en su inmediatez. Si nuestra
vida juntos hubiera sido como el mundo se la imaginaba, una vida tan sólo de placer, disipación
y risas, yo no sería capaz de recordar ni uno solo de sus pasajes. Es porque estuvo
llena de momentos y días trágicos, amargos, siniestros en sus avisos, grises o tremendos
en sus escenas monótonas y violencias indecorosas, por lo que veo u oigo cada incidente
con todo su detalle, veo y oigo, de hecho, poco más. Hasta tal punto se nutren los
hombres de dolor en este lugar, que mi amistad contigo, en la forma en que me veo forzado
a recordarla, se me aparece siempre como un preludio consonante con esos variados
modos de angustia que cada día tengo que atravesar; más aún, como algo que los exige;
como si mi vida, no obstante lo que pareciera a mis ojos y a los de los demás, hubiera sido
constantemente una auténtica Sinfonía del Dolor, pasando por sus movimientos rítmicamente
enlazados hasta su cierta resolución, con esa inevitabilidad que caracteriza en el
Arte el tratamiento de todo gran tema.
 
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astaroth1
view post Posted on 1/9/2010, 12:53




He hablado de tu conducta conmigo durante tres días seguidos, hace tres años, ¿no es
verdad? Yo estaba solo en Worthing, tratando de acabar mi última obra de teatro. Las dos
visitas que me habías hecho habían acabado. De pronto apareciste por tercera vez, con un
acompañante, y llegaste a proponer que se alojara en mi casa. Yo (reconocerás ahora que
con toda propiedad) me negué en rotundo. Os atendí, naturalmente; no me quedaba otro
remedio; pero fuera, no en mi casa. Al día siguiente, un lunes, tu compañero volvió a las
obligaciones de su profesión, y tú te quedaste conmigo. Aburrido de Worthing, y todavía
más, no me cabe duda, de mis esfuerzos infructuosos por concentrar mi atención en la
obra, la única cosa que en aquel momento me interesaba, insistes en que te lleve al Grand
Hotel de Brighton. La noche de nuestra llegada caes enfermo con esa temible fiebre baja
estúpidamente llamada influenza; tu segundo, si no tercer, ataque. No tengo que recordarte
cómo te atendí y te cuidé, no sólo con todo lujo de frutas, flores, regalos, libros y todas
esas cosas que pueden comprarse con dinero, sino con ese afecto, ternura y amor que,
pienses tú lo que pienses, no se compran con dinero. Salvo una hora de caminata por las
mañanas, y una hora de paseo en coche por las tardes, no salí del hotel. Conseguí uvas
especiales de Londres para ti, porque las que había en el hotel no te gustaban; inventé cosas
para agradarte, permanecía contigo o en la habitación contigua a la tuya, me sentaba a
tu lado todas las noches para sosegarte o distraerte.
A los cuatro o cinco días te recuperas, y yo alquilo unas habitaciones para tratar de terminar
la obra. Tú, por supuesto, me acompañas. En la mañana del día siguiente a nuestra
instalación me pongo muy malo. Tú tienes que ir a Londres a un asunto, pero prometes
volver por la tarde. En Londres te encuentras a un amigo, y no vuelves a Brighton hasta
última hora del día siguiente; para entonces yo tengo una fiebre terrible, y el médico descubre
que me has contagiado la influenza. No podría imaginarse cosa más incómoda para
un enfermo que lo que resultaron ser aquellas habitaciones. Mi cuarto de estar está en el
primer piso, mi dormitorio en el tercero. No hay ningún criado para atenderme, ni nadie
siquiera para enviar un recado ni traer lo que mande el médico. Pero estás tú. No me inquieto.
Los dos días siguientes me dejas completamente solo, sin cuidados, sin asistencia,
sin nada. No era cuestión de uvas, flores ni regalos encantadores: era cuestión de lo más
imprescindible; yo no podía procurarme ni la leche que me había mandado el médico; la
limonada se dijo que era imposible; y cuando te rogué que me llevaras un libro de la librería,
o si no tenían lo que yo quería que escogieras otra cosa, ni te molestaste en ir. Y
cuando en consecuencia yo me quedo todo el día sin nada que leer, me dices con toda
tranquilidad que me compraste el libro y prometieron enviarlo, afirmación que después
descubrí por casualidad haber sido totalmente falsa desde el principio hasta el final. Todo
ese tiempo estabas, por supuesto, viviendo a mi costa, paseando en coche, cenando en el
Grand Hotel, y de hecho sólo apareciendo por mi habitación en busca de dinero. El sábado
por la noche, habiéndome tenido totalmente desatendido y solo desde por la mañana,
te pedí que volvieras después de cenar y me hicieras un rato de compañía. En tono irritado
y con malos modales me lo prometes. Espero hasta las once y no apareces. Entonces te
dejé una nota en tu habitación sólo recordándote la promesa que me habías hecho, y cómo
la habías cumplido. A las tres de la mañana, sin poder dormir y atormentado por la
sed, bajo al cuarto de estar, en medio de la oscuridad y del frío, con la esperanza de encontrar
agua allí. Te encontré a ti. Te abalanzaste sobre mí con cuantas palabras atroces te
pudieron sugerir un estado descontrolado y una naturaleza indisciplinada y sin educación.
Con la terrible alquimia del egotismo, transformaste tu remordimiento en rabia. Me acusaste
de egoísmo por esperar que estuvieras conmigo estando yo enfermo; de interponerme
entre tú y tus diversiones; de querer privarte de tus placeres. Me dijiste, y sé que era
toda la verdad, que habías vuelto a medianoche únicamente para cambiarte de traje, y
volver a salir a donde pensabas que te esperaban nuevos placeres, pero que al dejarte una
carta en la que te recordaba que me habías tenido abandonado todo el día y toda la velada,
realmente te había quitado las ganas de otros disfrutes, y reducido tu capacidad para
nuevos deleites. Yo me volví arriba asqueado, y seguí insomne hasta el amanecer, y hasta
mucho después del amanecer no pude conseguir nada con que aplacar la sed de la fiebre
que tenía. A las once entraste en mi habitación. En la escena precedente no pude por menos
de observar que con la carta por lo menos te había contenido en una noche de excesos
mayores de lo acostumbrado. Por la mañana ya habías vuelto en ti. Yo lógicamente esperaba
oír qué excusas aducías, y de qué manera ibas a pedir el perdón que en el fondo sabías
que te aguardaba invariablemente, hicieras lo que hicieras; tu absoluta confianza en
que yo siempre te perdonaría era realmente lo que siempre me gustó más de ti, quizá lo
mejor que había en ti. Lejos de eso, empezaste a repetir la misma escena con nuevos ímpetus
y expresiones más violentas. Yo, al cabo, te mandé salir de la habitación; tú fingiste
hacerlo, pero cuando levanté la cabeza de la almohada donde la había enterrado, seguías
estando allí, y con risa brutal y rabia histérica avanzaste de pronto hacia mí. Una sensación
de horror me invadió, no supe por qué exacta razón; pero salté de la cama inmediatamente,
y descalzo y como estaba bajé los dos tramos de escalera al cuarto de estar, de
donde no salí hasta que el dueño de la casa -a quien había mandado llamar- me aseguró
que ya no estabas en mi dormitorio, y prometió quedarse cerca por si le necesitaba. Tras
un intervalo de una hora, en el que el médico vino y me encontró, por supuesto, en un
estado de postración nerviosa total, así como con más fiebre de la que había tenido al
principio, tú volviste sigilosamente, por dinero: tomaste lo que pudiste encontrar en el
tocador y en la chimenea, y saliste de la casa con tu equipaje. ¿Necesito decirte lo que
pensé de ti durante los dos miserables días de enfermedad y soledad que siguieron? ¿Será
necesario que afirme que vi claramente que sería una deshonra para mí mantener aunque
sólo fuera un trato superficial con una persona como tú habías demostrado ser? ¿Que vi
llegado el último momento, y lo vi como realmente un gran alivio? ¿Y que supe que en el
futuro mi Arte y la Vida serían mas libres y mejores y más hermosos en todos los aspectos?
Enfermo como estaba, me sentí a gusto. El hecho de que la separación fuera irrevocable
me daba paz. Para el martes no tenía fiebre, y por primera vez comí en el piso de
abajo. El miércoles era mi cumpleaños. Entre los telegramas y comunicaciones que había
sobre mi mesa encontré una carta con tu letra. La abrí embargado por una sensación de
tristeza. Sabía que había pasado el tiempo en que una frase bonita, una expresión de afecto,
una palabra de aflicción me habrían hecho volver a aceptarte. Pero me engañaba de
medio a medio. Te había subestimado. ¡La carta que me enviaste por mi cumpleaños era
una elaborada repetición de las dos escenas, puestas astuta y cuidadosamente por escrito!
Te mofabas de mí con vulgaridades. Tu única satisfacción en todo el asunto, decías, era
haberte retirado al Grand Hotel y haber cargado el almuerzo en mi cuenta antes de irte a
Londres. Me felicitabas por mi prudencia al salir de la cama, por mi abrupta huida al piso
de abajo. «Fue un momento feo para ti», decías, «más feo de lo que crees». No, eso lo
sentí muy bien. Lo que realmente quería decir no lo sabía: si tenías encima la pistola que
habías comprado para intentar asustar a tu padre, y que una vez, creyéndola descargada,
habías disparado en un restaurante público estando conmigo; si tu mano se movía hacia
un vulgar cuchillo de mesa que por casualidad yacía sobre la mesa entre nosotros; si, olvidando
por la rabia tu baja estatura y menor fortaleza, habías pensado en algún insulto
especialmente personal, o ataque incluso, estando yo allí tendido y enfermo: no lo sabía.
Sigo sin saberlo en el día de hoy. Lo único que sé es que me embargó un sentimiento de
total horror, y que sentí que, a menos que saliera de la habitación al instante, y escapara,
tú habrías hecho, o intentado, algo que habría sido, incluso para ti, motivo de vergüenza
para toda la vida. Sólo una vez antes de eso había experimentado yo un sentimiento tal de
horror ante un ser humano. Fue cuando en mi biblioteca de Tite Street tu padre, agitando
sus manitas en el aire con furia epiléptica, con su matón, o amigo, entre él y yo, me estuvo
soltando todas las palabras sucias que acudieron a su sucia mente, y chillando las atroces
amenazas que después tan astutamente pondría en práctica. En ese caso fue él, por
supuesto, el que tuvo que salir primero de la habitación. Le eché. En tu caso me fui yo.
No era la primera vez que había tenido que salvarte de ti mismo.
Concluías tu carta diciendo: «Cuando no estás subido al pedestal no eres interesante.
La próxima vez que estés enfermo me iré inmediatamente». ¡Ah, qué fibra tan grosera
revela eso! ¡Qué falta total de imaginación! ¡Qué insensible, qué vulgar era ya el temperamento!
«Cuando no estás subido al pedestal no eres interesante. La próxima vez que
estés enfermo me iré inmediatamente.» Cuántas veces han vuelto a mí esas palabras en la
triste celda solitaria de las diversas cárceles a donde me han mandado. Me las he dicho
una y otra vez, y he visto en ellas, espero que injustamente, algo del secreto de tu extraño
silencio. Que tú me escribieras eso, cuando la propia enfermedad y la fiebre que sufría las
había contraído por cuidarte, fue, no hay que decirlo, de una zafiedad y crudeza repugnantes;
pero que cualquier ser humano del mundo escribiera eso a otro sería un pecado
que no tiene perdón, si hubiera algún pecado que no lo tuviese.
Confieso que cuando acabé tu carta me sentía casi poluto, como si con asociarme a alguien
de tal naturaleza hubiera manchado y envilecido mi vida irreparablemente. Y es
verdad que eso había hecho, pero para saber hasta qué punto tenía que vivir seis meses
más. Resolví conmigo mismo volver a Londres el viernes, y ver a sir George Lewis personalmente
para pedirle que escribiera a tu padre diciéndole que había tomado la determinación
de jamás, bajo ninguna circunstancia, dejarte entrar en mi casa, sentarte a mi
mesa, hablar conmigo, pasear conmigo, ni en ningún lugar ni tiempo acompañarme de
ninguna manera. Hecho esto, te habría escrito únicamente para informarte del curso de
acción que había adoptado; las razones inevitablemente las habrías visto tú. Lo tenía todo
dispuesto el jueves por la noche, y el viernes por la mañana, mientras desayunaba antes
de partir, abrí casualmente el periódico y vi en él un telegrama donde decía que tu hermano
mayor, el verdadero cabeza de familia, el heredero del título, el sostén de la casa,
había sido hallado muerto en una acequia, con el arma descargada a su lado. El horror de
las circunstancias de la tragedia, de la que ahora se sabe que fue un accidente, pero entonces
teñida de una insinuación más sombría; el patetismo de la muerte súbita de un
hombre querido por todos los que le conocían, y casi en vísperas, por decirlo así, de su
boda; mi conciencia de la desdicha que iba a ser para tu madre la pérdida de la persona
que era su consuelo y su alegría en la vida, y que, como ella misma me dijera una vez,
desde el día en que nació no le había hecho derramar ni una sola lágrima; mi conciencia
de tu propio aislamiento, al estar tus otros hermanos en Europa, y por lo tanto ser tú el
único al que tu madre y tu hermana podían mirar, no sólo para compañía de su dolor, sino
también para esas pesadas responsabilidades de horrible detalle que la Muerte siempre
trae consigo; el mero sentimiento de las lacrimae rerum, de las lágrimas de que está
hecho el mundo, y de la tristeza de todo lo humano: de la confluencia de esos pensamientos
y emociones agolpados en mi cerebro brotó una piedad infinita de ti y de tu familia.
De mis propios dolores y acritudes contra ti me olvidé. Lo que tú habías sido para mí en
mi enfermedad no podía yo serlo para ti en tu duelo. Al momento te telegrafié mi condolencia
más honda, y en la carta subsiguiente te invité a venir a mi casa tan pronto como
pudieras. Sentía que abandonarte en ese preciso momento, y formalmente por medio de
un abogado, habría sido demasiado terrible para ti
 
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astaroth1
view post Posted on 2/9/2010, 17:08




A tu regreso a la ciudad desde el escenario material de la tragedia, a donde habías sido
convocado, viniste enseguida a mí con dulzura y sencillez, vestido de luto y con los ojos
empañados de lágrimas. Buscabas consuelo y ayuda como podría buscarlos un niño. Yo
te abrí mi casa, mi hogar, mi corazón. Hice también mía tu pena, para ayudarte a sopor
tarla. Nunca, ni con una palabra, aludí a tu comportamiento conmigo, a las escenas repugnantes,
a la carta repugnante. Tu dolor, que era real, me parecía acercarte a mí más de
lo que nunca estuvieras. Las flores que tomaste de mí para ponerlas en la tumba de tu
hermano habían de ser un símbolo no sólo de la belleza de su vida, sino de la belleza que
yace latente en todas las vidas y puede ser sacada a la luz.
Los dioses son extraños. No sólo de nuestros vicios hacen instrumentos con que flagelarnos.
Nos llevan a la ruina con lo que en nosotros hay de bueno, de amable, de humano,
de amoroso. De no haber sido por mi piedad y mi afecto hacia ti y los tuyos, yo no estaría
ahora llorando en este lugar terrible.
Por supuesto que en toda nuestra relación se descubre, no ya el Destino, sino la Fatalidad:
la Fatalidad que camina siempre deprisa, porque va al derramamiento de sangre. Por
tu padre procedes de una estirpe con la que el matrimonio es horrible, la amistad fatal, y
que pone manos violentas sobre su propia vida o las vidas ajenas. En toda pequeña circunstancia
en la que los caminos de nuestras vidas se cruzaron; en todo punto de importancia
grande o aparentemente trivial en que acudiste a mí buscando placer o buscando
ayuda; en las ocasiones menudas, los accidentes leves que no parecen, en su relación con
la vida, más que el polvo que danza en un rayo de luz o la hoja que cae del árbol revoloteando,
venía detrás la Ruina, como el eco de un grito amargo, o la sombra que caza con
el animal de presa. Nuestra amistad realmente comienza cuando me pides, en una carta
muy patética y encantadora, que te auxilie en una situación pavorosa para cualquiera, y
doblemente para un muchacho de Oxford: así lo hago, y el resultado de usar tú mi nombre
como amigo tuyo ante sir George Lewis es que empiezo a perder su estima y su amistad,
una amistad de quince años. Cuando me vi privado de su consejo, su ayuda y su consideración,
me vi privado de lo que era la gran salvaguardia de mi vida.
Me mandas un poema muy bonito, de la escuela poética estudiantil, para mi aprobación;
yo contesto con una carta de fantásticos conceptos literarios te comparo con Hilas, o
Jacinto, Jonquil o Narciso, o alguien a quien el gran dios de la Poesía favoreciera y honrara
con su amor. La carta es como un pasaje de uno de los sonetos de Shakespeare, traspuesto
a tono menor. Sólo la pueden entender los que hayan leído el Banquete de Platón,
o captado el espíritu de cierto ánimo grave que se nos ha hecho hermoso en los mármoles
griegos. Era, déjame decirlo con franqueza, el tipo de carta que yo habría escrito, en un
momento feliz aunque caprichoso, a cualquier joven gentil de una u otra Universidad que
me hubiera enviado un poema de su mano, seguro de que tendría el ingenio o cultura suficientes
para interpretar a derechas sus fantásticas expresiones. ¡Mira la historia de esa
carta! Pasa de ti a las manos de un compañero aborrecible; de él a una panda de chantajistas;
se reparten copias por Londres, a mis amigos y al empresario del teatro donde se está
representando mi obra; se le dan todos los sentidos menos el recto; la Sociedad se embelesa
con absurdos rumores de que he tenido que pagar una enorme suma de dinero por
haberte escrito una carta infamante; esto sirve de base al peor ataque de tu padre; yo
mismo presento la carta original ante el Tribunal para que se vea lo que es en realidad; el
abogado de tu padre la denuncia como intento repulsivo e insidioso de corromper a la
Inocencia; al cabo entra a- formar parte de una acusación criminal; la Corona la recoge; el
juez dictamina sobre ella con poca erudición y mucha moralidad; al final voy por ella a la
cárcel. Ése es el resultado de escribirte una carta encantadora.
Mientras estoy contigo en Salisbury te asustas muchísimo con una comunicación amenazante
de un antiguo compañero tuyo; me ruegas que vea al autor y te ayude; así lo
hago; el resultado es la Ruina para mí. Me veo obligado a echar sobre mis hombros todo
lo que tú has hecho y responder por ello. Cuando te suspenden en la licenciatura y tienes
que salir de Oxford, me telegrafías a Londres suplicándome que vaya a estar contigo. Lo
hago inmediatamente; me pides que te lleve a Goring, porque en esas circunstancias no
querías ir a tu casa; en Goring ves una casa que te encanta; la alquilo por ti; el resultado
desde todos los puntos de vista es la Ruina para mí. Un día vienes a pedirme, como favor
personal, que escriba algo para una revista estudiantil de Oxford que va a poner en marcha
un amigo tuyo, de quien jamás había oído hablar en mi vida ni sabía nada en absoluto.
Por darte gusto -¿qué no hice siempre por darte gusto?- le mando una página de paradojas
destinadas en un principio a la Saturday Review. Pocos meses después me encuentro
sentado en el banquillo del Old Bailey por el carácter de la revista. Forma parte de la
acusación de la Corona contra mí. Se me pide que saque la cara por la prosa de tu amigo
y tus propios versos. Lo primero no lo puedo paliar; lo segundo, leal hasta el amargo fin a
tu juvenil literatura y a tu vida juvenil, sí lo defiendo con denuedo, y no tolero que se diga
que eres un escritor de indecencias. Pero voy a la cárcel, de todos modos, por la revista
estudiantil de tu amigo y «el Amor que no se atreve a decir su nombre». En Navidad te
hago un «regalo muy bonito», como lo calificabas en la carta de agradecimiento, por el
que sabía que tenías capricho, que valía 40 o 50 libras como mucho. Cuando llega el crac
de mi vida, y quedo arruinado, el alguacil que embarga mi biblioteca y la pone en venta
lo hace para pagar el «regalo muy bonito». Fue por eso por lo que se sacó a subasta mi
casa. En el momento final y terrible en que me veo asediado, y espoleado por tu asedio a
iniciar un acción contra tu padre y hacerle detener, el clavo ardiendo al que me agarro en
mis esfuerzos desesperados por evadirme es el enorme gasto. Le digo al abogado en tu
presencia que no tengo fondos, que de ninguna manera puedo correr con las altísimas
costas, que no dispongo de ningún dinero. Lo que dije era, como sabes, la pura verdad.
En aquel viernes fatal, en vez de estar en el despacho de Humphreys consintiendo débilmente
en mi propia ruina, yo habría estado libre y feliz en Francia lejos de ti y de tu padre,
ignorante de su aborrecible tarjeta e indiferente a tus cartas, si hubiera podido salir
del Avondale Hotel. Pero la gente del hotel se negó en rotundo a dejarme marchar. Tú te
habías alojado conmigo durante diez días; habías acabado incluso, para mi gran y, lo reconocerás,
legítima indignación, por traerte a un compañero tuyo a alojarse conmigo
también; mi factura por los diez días sumaba casi 140 libras. El propietario dijo que no
podía permitir que se sacase mi equipaje del hotel mientras no hubiera pagado la totalidad
de la cuenta. Eso fue lo que me retuvo en Londres. De no ser por la cuenta del hotel me
habría ido a París el jueves por la mañana.
Cuando le dije al abogado que no tenía dinero para hacer frente al gigantesco gasto,
inmediatamente interviniste. Dijiste que tu familia pagaría de mil amores todo lo que
hiciera alta; que tu padre había sido un íncubo para todos ellos; que a menudo habían comentado
la posibilidad de meterle en un manicomio para no tenerle por medio; que era
una fuente diaria de molestias y disgustos para tu madre y para todos; que con que yo diera
un paso adelante para que le encerraran, la familia me tendría por su adalid y su benefactor;
y que los propios parientes ricos de tu madre tendrían verdadero placer en sufragar
todas las costas y gastos que el esfuerzo pudiera requerir. El abogado tiró para adelante, y
deprisa y corriendo se me llevó al juzgado de guardia. No me quedaba ninguna excusa
para no ir. Se me obligó. Ni que decir tiene que tu familia no paga las costas, y que,
cuando se me deja en la bancarrota, es por obra de tu padre, y por las costas -su miserable
monto-: unas 700 libras. En el momento presente mi mujer, enemistada conmigo por la
importante cuestión de si debo contar con tres libras o tres libras y diez chelines a la semana
para vivir, está preparando los trámites de un divorcio, para el cual, por supuesto,
serán necesarias pruebas totalmente nuevas y un proceso totalmente nuevo, quizá seguido
de acciones más serias. Yo, naturalmente, no sé nada de los detalles. Lo único que se es
el nombre del testigo en cuya declaración se apoyan los abogados de mi mujer. Es tu propio
criado de Oxford, a quien por expreso deseo tuyo tomé a mi servicio en el verano que
pasamos en Goring.
 
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astaroth1
view post Posted on 2/9/2010, 18:19




Pero no hace falta que siga poniendo ejemplos de la extraña Fatalidad que pareces
haber atraído sobre mí en todas las cosas, grandes o pequeñas. Me hace sentir a veces
como si tú mismo no hubieras sido más que una marioneta movida por una mano secreta
e invisible para llevar sucesos terribles a un terrible desenlace. Pero también las marionetas
tienen pasiones. Introducen una trama nueva en lo que presentan, y tuercen el desenlace
ordenado de la vicisitud para amoldarlo a su capricho o su apetito. Ser enteramente
libre, y al mismo tiempo enteramente sometida a ley, es la paradoja eterna de la vida
humana, que a cada momento hacemos realidad; y a menudo pienso que ésa es la única
explicación posible de tu naturaleza, si es que los profundos y terribles misterios de un
alma humana pueden tener explicación, salvo la que hace que el misterio sea todavía mas
prodigioso.
Por supuesto que tú tenías tus ilusiones, vivías en ellas de hecho, y a través de sus nieblas
cambiantes y sus velos de colores lo veías todo cambiado. Pensabas, lo recuerdo
muy bien, que tu dedicación a mí, con total abandono de tu familia y vida familiar, era
prueba de tu maravilloso aprecio hacia mí y de tu gran afecto. Sin duda a ti te lo parecía.
Pero date cuenta de que conmigo estaban el lujo, la vida regalada, el placer ilimitado, el
dinero sin tasa. Tu vida familiar te aburría. El «vino barato y frío de Salisbury», por emplear
una frase de tu invención, te sabía mal. De mi lado, y junto con mis atractivos intelectuales,
estaban las ollas de Egipto. Cuando no me encontrabas a mí, los compañeros
que elegías como sustitutos no eran como para presumir.
También pensaste que decirle a tu padre en una carta de abogado que antes que romper
tu amistad eterna conmigo preferías renunciar a la asignación anual de 250 libras que,
creo que con deducciones por tus deudas de Oxford, te estaba pasando por entonces, era
situarse en la caballería andante de la amistad y pulsar la más noble nota de abnegación.
Pero la cesión de tu pitanza no significaba que estuvieras dispuesto a dejar ni uno solo de
tus lujos más superfluos ni de tus derroches más innecesarios. Al revés. Tu apetito de lujos
nunca fue mayor. Mis gastos de ocho días en París contigo y tu criado italiano sumaron
casi 150 libras: sólo en Paillard se fueron 85. Al tren de vida que querías llevar, todo
tu estipendio de un año, comiendo solo y siendo especialmente ahorrativo en tu selección
de los placeres menos costosos, difícilmente te habría durado tres semanas. El hecho de
haber renunciado con fingida bravata a tu asignación, valiera lo que valiese, te daba al
menos una razón pasable para tu pretensión de vivir a mis expensas, o lo que a ti te parecía
una razón pasable; y en muchas ocasiones la esgrimiste seriamente, y la formulaste con
puntos y comas; y el abuso continuo, principalmente, claro está, de mí, pero sé que también
hasta cierto punto de tu madre, nunca fue tan penoso, porque, al menos en mi caso,
nunca fue más absolutamente desprovisto de la menor palabra de gratitud ni sentido de la
medida.
Pensaste también que al atacar a tu propio padre con cartas horribles, telegramas ofensivos
y postales insultantes estabas realmente librando batallas por tu madre, sosteniendo
su causa y vengando las ofensas y sufrimientos, sin duda terribles, de su vida matrimonial.
Fue una total equivocación por tu parte; y una de las peores. La manera de vengar
las ofensas de tu padre a tu madre, si lo considerabas parte de tus deberes de hijo, hubiera
sido ser para tu madre mejor hijo de lo que eras: no hacer que le diera miedo hablar contigo
de cosas serias; no firmar facturas para que ella las pagase; ser más suave con ella y
no causarle penas. Tu hermano Francis le dio grandes compensaciones por lo que había
sufrido, con su dulzura y bondad hacia ella en los breves años de su vida delicada. Tú deberías
haberle tomado por modelo. Te equivocaste incluso al imaginar que para tu madre
habría sido una delicia y una dicha absoluta que a través de mí hubieras conseguido llevar
a tu padre a la cárcel. Estoy seguro de que te equivocabas. Y si quieres saber qué es lo
que verdaderamente siente una mujer que tiene a su marido, al padre de sus hijos, vestido
de presidiario y en una celda de presidio, escribe a mi mujer y pregúntaselo. Ella te lo
dirá.
También yo tenía mis ilusiones. Pensaba que la vida iba a ser una comedia brillante, y
tú una de sus muchas figuras airosas. Descubrí que era una tragedia repugnante y repelente,
y que la siniestra ocasión de la gran catástrofe, siniestra por lo concentrado de su objetivo
y la intensidad de una fuerza de voluntad encogida, eras precisamente tú, despojado
de aquella máscara de alegría y placer con la que lo mismo tú que yo nos habíamos dejado
engañar y extraviar.
Ahora podrás entender, ¿no es cierto?, un poco de lo que estoy sufriendo. No sé qué periódico,
creo que la Pall Mall Gazette, hablando del ensayo general de una de mis obras,
decía que me seguías a todas partes como mi sombra: el recuerdo de nuestra amistad es la
sombra que va conmigo aquí; que parece no dejarme nunca; que me despierta por las noches
para contarme una y otra vez la misma historia, hasta que su reiteración cansina
ahuyenta el sueño hasta el alba; al alba vuelve a empezar; me sigue al patio de la cárcel y
me hace hablar solo mientras hago la ronda; me veo obligado a recordar cada detalle que
acompañó a cada momento horrible; no hay nada de cuanto sucedió en esos años infaustos
que no pueda recrear en esa cámara del cerebro que está reservada al dolor o a la desesperación;
hasta la última nota forzada de tu voz, hasta el último temblor y gesto de tus
manos nerviosas, hasta la última palabra amarga, hasta la última frase venenosa vuelve a
mí; me acuerdo de la calle o del río por donde pasamos, de la pared o del bosque que nos
rodeaba, de qué figura hacían en la esfera las manecillas del reloj, de hacia dónde iban las
alas del viento, de qué forma y color tenía la luna.
Hay, lo sé, una única respuesta a todo lo que te he dicho, y es que me querías; que a lo
largo de esos dos años y medio en que los Hados estuvieron tejiendo un único dibujo escarlata
con los hilos de nuestras vidas divididas, realmente me quisiste. Sí; sé que así fue.
No importa cómo te portases conmigo, siempre sentí que en el fondo me querías de verdad.
Aunque veía con toda claridad que mi posición en el mundo del Arte, el interés que
mi personalidad siempre había suscitado, mi dinero, el lujo en que vivía, las mil y una
cosas que componían una vida tan encantadora y prodigiosamente inverosímil como era
la mía, que todas y cada una de esas cosas eran elementos que te fascinaban y te hacían
aferrarte a mí, aun así, aparte de todo eso, había algo mas para ti, una extraña atracción:
me querías mucho más que a nadie. Pero tú, como yo, has tenido una terrible tragedia en
tu vida, aunque de signo totalmente contrario a la mía. ¿Quieres saber qué fue? Fue esto.
En ti el Odio siempre fue más fuerte que el Amor. Tu odio hacia tu padre era de tal magnitud
que superaba, anulaba, eclipsaba totalmente tu amor hacia mí. No hubo lucha alguna
entre ellos, o si la hubo fue poca; de tales dimensiones era tu Odio y tan monstruoso.
Tú no te dabas cuenta de que no hay sitio para las dos pasiones en una misma alma. No
pueden vivir juntas en esa hermosa mansión. El Amor se alimenta de la imaginación, que
nos hace más sabios que lo que sabemos, mejores que lo que sentimos, más nobles que lo
que somos; que nos capacita para ver la Vida como un todo; que es lo único que nos permite
comprender a los demás en sus relaciones así reales como ideales. Sólo lo bello, y
bellamente concebido, alimenta el Amor. Pero el Odio se nutre de cualquier cosa. No
hubo copa de champán que bebieras, no hubo plato exquisito que comieras en todos esos
años, que no alimentara tu Odio y lo cebara. Para satisfacerlo jugaste con mi vida, lo
mismo que jugabas con mi dinero, al desgaire, sin freno, indiferente a las consecuencias.
Si perdías, pensabas que la pérdida no sería tuya. Si ganabas, sabías que tuyos serían el
júbilo y las ventajas de la victoria.
El Odio ciega. Tú no te dabas cuenta de eso. El Amor alcanza a leer lo escrito en la estrella
más remota, pero el Odio te cegó de tal modo que no veías más allá del jardín angosto,
tapiado y ya marchito de tus deseos vulgares. Tu terrible falta de imaginación, el
único defecto realmente fatídico de tu carácter, era enteramente resultado del Odio que
vivía en ti. Sutilmente, en silencio y en secreto, el Odio iba royendo tu naturaleza, como
muerde el liquen la raíz de una planta ajada, hasta que llegaste a no ver otra cosa que los
intereses más ruines y los objetivos más mezquinos. Esa facultad que el Amor habría
alentado en ti, el Odio la envenenó y paralizó. Cuando tu padre empezó a atacarme fue
como amigo tuyo particular, y en una carta particular dirigida a ti. Tan pronto como leí
esa carta, con sus amenazas obscenas y sus violencias groseras, vi de inmediato que un
peligro terrible se cernía en el horizonte de mis agitados días; te dije que no quería ser la
cabeza de turco entre vosotros dos, con vuestro odio inveterado; que yo en Londres era
naturalmente una presa mucho mayor para él que un ministro de Asuntos Exteriores en
Homburg; que sería injusto conmigo colocarme aunque sólo fuera por un instante en semejante
posición; y que tenía mejores cosas que hacer en la vida que aguantar escenas
con un hombre borracho, déclassé y medio idiota como él. No hubo manera de hacértelo
ver. El Odio te cegaba. Te empeñaste en que la pelea realmente no tenía nada que ver
conmigo; en que no ibas a tolerar que tu padre mandase en tus amistades particulares; en
que sería muy injusto que yo interviniera. Ya antes de verme por ese motivo le habías
enviado a tu padre un telegrama necio y vulgar a guisa de respuesta. Con eso, claro está,
te condenabas a seguir un rumbo necio y vulgar. Los errores fatales de la vida no se deben
a que seamos insensatos: un momento de insensatez puede ser nuestro mejor momento.
Se deben a que somos lógicos. Hay una gran diferencia. Ese telegrama condicionó a
partir de ahí todas tus relaciones con tu padre, y por consiguiente toda mi vida. Y lo grotesco
es que era un telegrama del que el más vulgar galopín se habría avergonzado. De
los telegramas insolentes se pasó con toda naturalidad a las cartas de abogado presuntuosas,
y el resultado de tus cartas de abogado a tu padre fue, claro está, espolearle todavía
más. No le dejaste otra alternativa que seguir. Le impusiste como cuestión de honor, de
deshonor mas bien, que tu acción surtiera efectos aún mayores. Así que a la vez siguiente
me ataca a mí, ya no en carta particular y como amigo tuyo particular, sino en público y
como hombre público. Tengo que echarle de mi casa. Va buscándome de restaurante en
restaurante, para insultarme ante la faz del mundo, y de tal modo que el replicar fuera mi
ruina, y el no replicar fuera mi ruina también. ¿No fue ése el momento en que tú deberías
haber dado un paso al frente para decir que antes que exponerme a tan odiosos ataques, a
tan infame persecución por tu causa, de buen grado y al momento renunciabas a todo título
sobre mi amistad? Ahora será eso lo que pienses, me figuro. Pero entonces ni se te pasó
por la cabeza. El Odio te cegaba. Lo único que se te ocurrió (aparte, naturalmente, de
escribirle cartas y telegramas insultantes) fue comprar una pistola ridícula que se dispara
en el Berkeley en circunstancias que desatan un escándalo mayor de cuantos llegaran
nunca a tus oídos. En realidad, la idea de ser el objeto de una disputa terrible entre tu padre
y un hombre de mi posición parecía deleitarte. Halagaba tu vanidad, supongo que con
toda lógica, y acrecentaba tu importancia ante ti mismo. Que tu padre se hubiera llevado
tu cuerpo, que a mí no me interesaba, y me hubiera dejado tu alma, que no le interesaba a
él, habría sido para ti una solución lamentable del litigio. Olfateaste la ocasión de un escándalo
público y corriste a ella. La perspectiva de una batalla en la que tú estarías a salvo
te entusiasmó. No recuerdo haberte visto nunca de mejor humor que el que mostraste
en el resto de aquella temporada. Tu única decepción pareció ser que al final no pasó nada,
y que entre nosotros no hubo más encuentro ni alboroto. Te consolaste enviándole
telegramas de tal carácter, que al cabo el desgraciado te escribió diciendo que había dado
orden a sus criados de que no le pasaran ningún telegrama bajo ningún pretexto. Eso no
te arredró. Viste las inmensas oportunidades que brindaba la tarjeta postal abierta, y las
explotaste a fondo. Le aguijoneaste aún más en la persecución de su presa. Yo no creo
que él tampoco la hubiera dejado.
 
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astaroth1
view post Posted on 2/9/2010, 19:57




Los instintos de la familia eran fuertes en él. Su odio
hacia ti era tan persistente como el tuyo hacia él, y yo era el buey de cabestrillo para los
dos, y un modo de ataque a la vez que un modo de protección. Su mismo afán de notoriedad
no era simplemente individual, sino racial. De todosmodos, si su interés hubiera flaqueado
por un momento, tus cartas y postales lo habrían vuelto en seguida a su antiguo
ardor. Eso hicieron, y él lógicamente fue más lejos aún. Tras haberme acometido como
caballero particular y en privado, como hombre público y en público, al cabo decide lanzar
su gran ataque final contra mí como artista, y en el lugar donde mi Arte se está representando.
Se procura por medios fraudulentos una butaca para el estreno de una de mis
obras, y trama un plan para interrumpir la representación, hacer un sucio discurso sobre
mí ante el público, insultar a mis actores, arrojarme proyectiles ofensivos o indecentes
cuando salga a saludar al final, arruinarme totalmente de alguna manera asquerosa a través
de mi trabajo. Por puro azar, en la sinceridad breve y accidental de una ebriedad mayor
de lo habitual, alardea de su intención públicamente. Se informa a la policía, y se impide
su entrada en el teatro. Tú tuviste entonces tu oportunidad. Tu oportunidad fue ésa.
¿No te das cuenta ahora de que deberías haberla visto, y haberte adelantado a decir que
no querías que mi Arte, a lo menos, se perdiera por ti? Tú sabías lo que mi Arte era para
mí, la gran nota fundamental con que me había revelado, en primer lugar ante mí mismo,
y después ante el mundo; la verdadera pasión de mi vida; el amor frente al que todos los
demás amores eran como agua de pantano al vino tinto, o la luciérnaga del pantano al
mágico espejo de la luna. ¿No comprendes ahora que tu falta de imaginación era el único
defecto realmente fatídico de tu carácter? Lo que tuviste que hacer era muy sencillo, y lo
tenías muy claro ante ti, pero el Odio te había cegado y no veías nada. Yo no podía pedir
excusas a tu padre porque él llevara casi nueve meses insultándome y persiguiéndome de
la manera más aborrecible. No podía sacarte de mi vida. Lo había intentado una y otra
vez. Había llegado incluso a dejar Inglaterra y marcharme al extranjero con la esperanza
de escapar de ti. Nada había servido de nada. Tú eras la única persona que podía hacer
algo. La clave de la situación estaba enteramente en ti. Fue la gran oportunidad que tuviste
de darme alguna pequeña compensación por todo el amor, el afecto, la bondad, la generosidad
y los desvelos que yo te había mostrado. Si me hubieras apreciado en la décima
parte de mi valor como artista lo habrías hecho. Pero el Odio te cegaba. La facultad «que
es lo único que nos permite comprender a los demás en sus relaciones así reales como
ideales» estaba muerta en ti. No pensabas más que en la manera de llevar a tu padre a la
cárcel. Verle «en el banquillo», como solías decir: ésa era tu única idea. Esa frase vino a
ser uno de los muchos estribillos de tu conversación diaria. Se la oía en todas las comidas.
Bien, pues viste satisfecho tu deseo. El Odio te concedió todo lo que querías. Fue un
Señor indulgente contigo. Lo es, en efecto, con todos los que le sirven. Dos días te sentaste
en un asiento elevado con los guardias, y te regalaste los ojos con el espectáculo de tu
padre en el banquillo del Tribunal Central de lo Criminal. Y al tercer día yo ocupé su lugar.
¿Qué había pasado? Que en el espantoso juego de odio que os traíais, los dos habíais
echado mi alma a los dados, y casualmente habías perdido tú. Nada más.
Ya ves que tengo que escribir tu vida para ti, y tú tienes que comprenderla. Hace ahora
más de cuatro años que nos conocemos. La mitad de ese tiempo hemos estado juntos; la
otra mitad yo he tenido que pasarla en la cárcel como resultado de nuestra amistad. Dónde
recibirás esta carta, si es que te llega, no lo sé. Roma, Nápoles, París, Venecia, alguna
hermosa ciudad sobre mar o río, no lo dudo, te acoge. Estás rodeado, si no de todo el lujo
inútil que tuviste conmigo, por lo menos de todo lo que es placentero a la vista, al oído y
al gusto. La Vida es muy bella para ti. Y sin embargo, si eres sabio, y quieres encontrar la
Vida aún mucho más bella, y de otra manera, dejarás que la lectura de esta carta terrible -
porque sé que eso signifique una crisis y un punto de inflexión tan importante para tu vida
como escribirla lo es para mí. Tu cara pálida solía sonrojarse fácilmente con el vino o
el placer. Si, mientras lees lo que aquí está escrito, de tanto en tanto te arde de vergüenza
como al calor de un horno, tanto mejor será para ti. El vicio supremo es la superficialidad.
Todo lo que se comprende está bien.
Ya he llegado a la prisión preventiva, ¿verdad? Tras pasar una noche en la comisaría
me mandan allí en un coche celular. Tú estuviste de lo mas atento y amable. Casi todas
las tardes, si no todas las tardes hasta que te fuiste al extranjero, te tomaste la molestia de
ir a Holloway a verme. También escribías unas cartas muy dulces y cariñosas. Pero que
no era tu padre sino tú quien me había metido en la cárcel, que desde el principio hasta el
final tú eras el responsable, que si estaba allí era a causa de ti, por ti y por obra tuya, eso
no lo pensaste ni por un momento. Ni siquiera el espectáculo de verme tras los barrotes
de una jaula de madera pudo espabilar esa naturaleza sin imaginación. Tenías la conmiseración
y el sentimentalismo del espectador de un drama más bien patético. Que tú fueras
el autor de la abominable tragedia ni se te ocurrió. Yo vi que no te dabas cuenta de nada
de lo que habías hecho. No quise ser yo el que te dijera lo que tu propio corazón debería
haberte dicho, lo que en verdad te habría dicho si no hubieras dejado que el Odio lo endureciera
y lo insensibilizara. Todo le tiene a uno que venir de su propia naturaleza. De nada
vale decirle a nadie algo que no siente y no puede entender. Si ahora te escribo como
lo hago es porque tu propio silencio y comportamiento durante mi larga prisión lo han
hecho necesario. Además, de tal modo salieron las cosas que el golpe sólo me alcanzó a
mí. Eso me agradó. Por muchas razones aceptaba sufrir, aunque siempre hubiera a mis
ojos, cuando te miraba, algo no poco despreciable en tu completa y testaruda ceguera.
Recuerdo que me enseñaste rebosante de orgullo una carta sobre mí que habías publicado
en uno de los periódicos populacheros. Era un escrito muy prudente, moderado, vulgar
incluso. Apelabas al «sentido inglés de la equidad», o algo así de horrendo, en favor de
«un hombre caído». Era el tipo de carta que podrías haber escrito si se hubiera presentado
una acusación dolorosa contra alguna persona respetable a la que personalmente no conocieras
de nada. Pero a ti te parecía una carta maravillosa. La veías como una demostración
de caballerosidad casi quijotesca. Estoy enterado de que escribiste otras cartas a
otros periódicos, que no las publicaron. Pero eran únicamente para decir que odiabas a tu
padre. A nadie le importaba que le odiaras o no. El Odio, aún tienes que aprenderlo, es,
intelectualmente considerado, la Negación Eterna. Considerado desde el punto de vista de
las emociones es una forma de Atrofia, y mata todo lo que no sea él mismo. Escribir a los
periódicos para decir que uno odia a otra persona es como si uno escribiera a los periódicos
para decir que tiene una enfermedad secreta y vergonzosa: el hecho de que el hombre
al que odiabas fuera tu propio padre, y que ese sentimiento fuera plenamente correspondido,
no hacía tu Odio noble ni hermoso en modo alguno. Si algo demostraba, era sencillamente
que se trataba de una enfermedad hereditaria.
Recuerdo también, cuando se embargó mi casa y se pusieron en venta mis libros y mis
muebles, y la quiebra era inminente, que lógicamente te escribí diciéndotelo. No hice
mención de que era para pagar unos regalos que te había hecho para lo que los alguaciles
habían entrado en la casa donde tantas veces cenaste. Pensé, con razón o sin ella, que esa
noticia podría herirte un poco. Me limité a contarte los hechos escuetos. Creí oportuno
que los conocieras. Me respondiste desde Boulogne en tonos casi de exultación lírica.
Decías que sabías que tu padre estaba «muy alcanzado de dinero», y había tenido que pedir
1.500 libras para los gastos del proceso, y que mi quiebra era realmente un «triunfo
espléndido» sobre él, ¡porque así no podría sacarme nada de las costas! ¿Te das cuenta
ahora de lo que es que el Odio ciegue a una persona? ¿Reconoces ahora que al describirlo
como una Atrofia destructora de todo lo que no sea él mismo estaba describiendo científicamente
un hecho psicológico real? Que todas mis cosas bonitas hubieran de venderse:
mis dibujos de Burne Jones; mis dibujos de Whistler; mi Monticelli; mis Simeon Solo
mons; mis porcelanas; mi biblioteca con su colección de volúmenes dedicados de casi
todos los poetas de mi tiempo, de Hugo a Whitman, de Swinburne a Mallarmé, de Morris
a Verlaine; con sus ediciones bellamente encuadernadas de las obras de mi padre y de mi
madre; su maravilloso despliegue de premios de la universidad y del colegio, sus éditions
de luxe y demás cosas, todo eso para ti no era absolutamente nada. Decías que era un fastidio:
nada más. Lo que realmente veías en ello era la posibilidad de que tu padre pudiera
acabar perdiendo unos pocos centenares de libras, y esa consideración ruin te colmó de
extática dicha. En cuanto a las costas del juicio, tal vez te interese saber que tu padre declaró
abiertamente en el Orleans Club que si le hubiera costado 20.000 libras las habría
dado por muy bien empleadas, por lo mucho que había significado para él de deleite, disfrute
y triunfo. El hecho de que pudiera no sólo meterme en la cárcel por dos años, sino
sacarme una tarde para hacerme públicamente insolvente, fue un extrarrefinamiento de
placer con el que no contaba. Fue el punto culminante de mi humillación, y de su victoria
perfecta y total. Si tu padre no hubiera podido pedirme las costas, tú, lo sé perfectamente,
al menos de palabra te habrías mostrado muy apenado por la pérdida de mi entera biblioteca,
pérdida irreparable para un hombre de letras, de mis pérdidas materiales la más penosa
para mí. Podrías incluso, recordando las cantidades de dinero que yo me había gastado
en ti pródigamente y cómo habías vivido a mi costa durante años, haberte tomado la
molestia de comprar para mí algunos de mis libros. Los mejores se dieron todos por menos
de 150 libras: más o menos lo que yo gastaba en ti en una semana cualquiera. Pero el
mezquino y vil placer de pensar que a tu padre le fueran a faltar unos peniques del bolsillo
te hizo olvidarte de lo que habría podido ser una pequeña compensación, tan leve, tan
fácil, tan barata, tan obvia, y para mí tan infinitamente valiosa, si la hubieras hecho.
¿Tengo razón al decir que el Odio ciega? ¿Lo ves ahora? Si no lo ves, haz un esfuerzo.
 
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astaroth1
view post Posted on 2/9/2010, 20:21




Con qué claridad lo vi yo entonces, como ahora, no hace falta que te lo diga. Pero a mí
mismo me dije: «A toda costa tengo que conservar el Amor en mi corazón. Si voy a la
cárcel sin Amor, ¿quesera de mi Alma?». Las cartas que te escribía en aquella época desde
Holloway eran mis intentos de conservar el Amor como nota dominante de mi naturaleza.
Podía, si hubiera querido, haberte hecho pedazos con reproches amargos. Podía
haberte desgarrado con maldiciones. Podía haberte puesto un espejo, y haberte mostrado
una imagen tal de ti mismo que no la habrías reconocido como tuya hasta verla remedar
tus gestos de horror, y entonces habrías sabido de quién era figura, y la habrías aborrecido
y te habrías aborrecido para siempre. Y más que eso. Se estaban cargando los pecados
de otro a mi cuenta. De haber querido, en uno u otro de los juicios podría haberme salvado
a su costa, no de la vergüenza, no, pero sí de la prisión. Si me hubiera molestado en
mostrar que los testigos de la Corona -los tres más importantes- habían sido cuidadosamente
preparados por tu padre y sus abogados, no sólo en sus reticencias, sino en sus
afirmaciones, para la absoluta transferencia, deliberada, planeada y ensayada, de las acciones
y andanzas de otro sobre mí, podría haberles hecho recusar por el juez uno a uno,
más sumariamente incluso que lo fue el pobre y perjuro Atkins. Podía haber salido del
juzgado riéndome del mundo, libre, con las manos en los bolsillos. Se me sometió a la
mayor presión para que lo hiciera. Me aconsejaron, me rogaron, me instaron encarecidamente
a hacerlo personas cuyo único interés era mi bienestar y el bienestar de mi casa.
Pero me negué. No quise. No he lamentado mi decisión ni un solo instante, ni en los momentos
más amargos de mi encarcelamiento. Ese comportamiento habría estado por debajo
de mí. Los pecados de la carne no son nada. Son enfermedades para que las cure un
médico, si es que hay que curarlas. Sólo los pecados del alma son vergonzosos. Haber
conseguido mi absolución por esos medios habría sido una tortura para toda mi vida. Pero
¿tú crees realmente que eras digno del amor que yo entonces te mostraba, o que yo ni por
un instante pensé que lo fueras? ¿Tú crees realmente que en algún período de nuestra
amistad fuiste digno del amor que te mostré, ni que por un instante pensé que lo fueras?
Yo sabía que no lo eras. Pero el Amor no trafica en un mercado, ni usa balanza de mercachifle.
Su dicha, como la dicha del intelecto, es sentirse vivo. El objetivo del Amor es
amar: ni más ni menos. Tú eras mi enemigo: un enemigo como no ha tenido ningún hombre.
Yo te había dado mi vida, y para satisfacer las más bajas y despreciables de todas las
pasiones humanas, el Odio, la Vanidad y la Codicia, tú la habías tirado. En menos de tres
años me habías arruinado completamente desde todos los puntos de vista. Por mi propio
bien lo único que podía hacer era amarte. Sabía que, si me permitía odiarte, en el seco
desierto de la existencia que tenía que cruzar, y que aún estoy cruzando, no habría peña
que no perdiera su sombra, ni palmera que no se secara, ni pozo o agua que no viniera
envenenada. ¿Empiezas ahora a comprender un poco? ¿Va despertando tu imaginación
del prolongado letargo en que ha estado sumida? Sabes ya lo que es el Odio. ¿Empiezas a
barruntar lo que es el Amor, y cómo es el Amor? No es demasiado tarde para que lo
aprendas, aunque para enseñártelo haya tenido yo que ir a una celda de presidio.
Tras mi terrible sentencia, cuando me vestí de presidiario y la puerta de la cárcel se cerró,
me quedé así, entre las ruinas de mi vida maravillosa, aplastado por la angustia, desatinado
por el terror, aturdido por el sufrimiento. Pero no quise odiarte. Todos los días me
decía: «Hoy tengo que conservar el Amor en mi corazón, porque si no, ¿cómo soportaré
el día?». Me recordaba que, al menos, no habías querido hacerme daño; me obligué a
pensar que lo único que habías hecho era tender un arco a la ventura, y la flecha había
atravesado a un rey entre las juntas del arnés. Haberte puesto en la balanza con la más
pequeña de mis penas, la más mezquina de mis pérdidas, habría sido, pensaba, injusto.
Resolví mirarte como a alguien que también sufría. Me forcé a creer que al fin se había
caído la venda de tus ojos, tanto tiempo ciegos. Me imaginaba, con dolor, cuál habría sido
tu espanto cuando contemplaste la obra terrible de tus manos. Hubo momentos, incluso
en aquellos días oscuros, los más oscuros de toda mi vida, en que hasta anhelé consolarte.
Tan seguro estaba de que por fin te habías dado cuenta de lo que habías hecho.
No se me ocurrió entonces que pudieras tener el vicio supremo, la superficialidad. De
hecho, fue un verdadero dolor para mí tener que comunicarte que debía reservar forzosamente
mi primera oportunidad de recibir carta para asuntos familiares; pero mi cuñado
me había escrito diciendo que con una sola vez que escribiera a mi mujer, ella, por mí y
por nuestros hijos, renunciaría a pedir el divorcio. Sentí que ése era mi deber. Dejando
aparte otras razones, no podía soportar la idea de que me separasen de Cyril, mi hermoso,
amante y amable hijo, mi amigo sobre todos los amigos, mi compañero sobre todos los
compañeros, del que un solo cabello de su cabecita de oro me habría sido más caro y valioso,
no diré que tú de la cabeza a los pies, sino que toda la crisolita del mundo entero;
como siempre lo había sido, aunque yo llegué a entenderlo demasiado tarde.
Dos semanas después de tu petición tuve noticias tuyas. Robert Sherard, el mas valiente
y caballeroso de todos los seres brillantes, me viene a ver, y entre otras cosas me dice que
en el ridículo Mercure de France, con su absurda afectación de ser el verdadero centro de
la corrupción literaria, estás a punto de publicar un artículo sobre mí con muestras de mis
cartas. Me pregunta si es realmente por deseo mío. Yo me quedé estupefacto, y muy contrariado,
y di orden de parar aquello inmediatamente. Habías dejado mis cartas por medio
para que las robaran tus compañeros chantajistas, para que las escamoteara el servicio de
los hoteles, para que las vendieran las criadas. Eso no era más que descuido y falta de
apreciación de lo que yo te escribía. Pero que te propusieras seriamente publicar extractos
del resto me pareció casi increíble. ¿Y qué cartas eran? No pude informarme. Ésa fue la
primera noticia que tuve de ti. Me desagradó.
La segunda llegó poco después. Se habían presentado en la cárcel los abogados de tu
padre, y me entregaron personalmente una notificación de fallido por unas miserables
700 libras, el importe de sus costas. Fui declarado insolvente público y se me ordenó
comparecer ante el juez. Yo estaba firmemente convencido, y lo sigo estando, y volveré
sobre ese tema, de que esas costas las debería haber pagado tu familia. Tú personalmente
habías asumido la responsabilidad de afirmar que tu familia las pagaría. Por eso el abogado
tomó el caso como lo tomó. La responsabilidad era toda tuya. Aun al margen de tu
compromiso en nombre de la familia, tenías que haber sentido que eras tú el que había
atraído sobre mí toda la ruina; lo menos que se podía hacer era ahorrarme la ignominia
añadida de la quiebra por una suma absolutamente despreciable, menos de la mitad de lo
que me había gastado en ti en tres cortos meses de verano en Goring. Pero de eso no
hablemos más por ahora. Sí que recibí por medio del pasante, lo reconozco, un mensaje
tuyo sobre el asunto, o por lo menos relacionado con la ocasión. El día que vino a tomar
mis declaraciones, se inclinó sobre la mesa -estábamos en presencia del vigilante-, y, luego
de consultar un papel que sacó del bolsillo, me dijo en voz baja: «El príncipe Fleur-de-
Lys le envía sus recuerdos». Yo me le quedé mirando. Él repitió el mensaje. Yo no le entendía.
«El caballero está en estos momentos en el extranjero», añadió misteriosamente.
Entonces caí de golpe, y recuerdo que, por primera y última vez en toda mi vida de presidio,
solté la carcajada. En esa carcajada iba todo el desprecio del mundo. ¡El príncipe
Fleur-de-Lys! Vi -y los hechos subsiguientes me demostrarían que había visto bien- que
nada de lo ocurrido te había hecho comprender lo más mínimo. A tus ojos seguías siendo
el príncipe gentil de una comedia trivial, no la figura sombría de un espectáculo trágico.
Todo lo que había pasado no era mas que una pluma para la gorra que orla una cabeza
estrecha, una flor de adorno para el jubón que oculta un corazón que el Odio, y el Odio
solamente, calienta, y que el Amor, y el Amor solamente, encuentra frío. ¡Príncipe Fleurde-
Lys! Sin duda hacías muy bien en comunicarte conmigo bajo nombre supuesto. Yo, en
aquellos momentos, no tenía nombre alguno. En la vasta prisión donde entonces estaba
encarcelado, no era más que el número y la letra de una pequeña celda de una larga galería,
uno entre mil números sin vida, como entre mil vidas sin vida. Pero seguramente habría
muchos nombres de verdad en la historia de verdad que te habrían cuadrado mucho
mejor, y con los que no me habría sido nada difícil reconocerte al instante. No se me ocurrió
buscarte tras las lentejuelas de una visera de pacotilla sólo apta para una mascarada
cómica. ¡Ah, si tu alma hubiera estado como para su propia perfección, incluso debería
haber estado lacerada de pena, doblegada por el remordimiento y humillada por la aflicción,
no habría sido ése el disfraz escogido para entrar a su sombra en la Casa del Dolor!
Las cosas grandes de la vida son lo que parecen, y por esa razón, por extraño que te resulte,
a menudo son difíciles de interpretar. Pero las cosas pequeñas de la vida son símbolos.
Por ellas es como mejor recibimos las lecciones amargas. Tu elección aparentemente casual
de un nombre fingido fue, y lo seguirá siendo, simbólica. Te revela.
 
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astaroth1
view post Posted on 6/9/2010, 09:30




Seis semanas después llega una tercera noticia. Me sacan de la enfermería, donde estaba
en cama muy enfermo, para recibir un mensaje especial de ti por mediación del director
de la prisión. Él me lee una carta que le habías dirigido, donde afirmabas que te proponías
publicar un artículo «sobre el caso del señor Oscar Wilde» en el Mercure de
France («revista», añadías no se sabe por qué razón, «que es el equivalente de nuestra
Fortnightly Reviera») y tenías mucho interés en obtener mi permiso para publicar extractos
y selecciones de... ¿qué cartas? ¡Las cartas que yo te había escrito desde Holloway!
¡Las cartas que para ti deberían haber sido lo más sagrado y lo más secreto del mundo
entero! ¡Ésas eran las cartas que querías publicar para asombro del ajado décadent, para
chismorreo del voraz feuilletoniste, para estupefacción de los personajillos del Quartier
Latin! Si en tu corazón no había nada que clamase contra un sacrilegio tan grosero, podías
haberte acordado al menos del soneto que escribiera quien con tanta pena y desprecio
vio vender en Londres, en pública subasta, las cartas de John Keats, y haber entendido al
cabo el auténtico sentido de mis versos:

I think they love not Art
Who break the crystal of a poet's heart
Those small and sickly eyes may glare or gloat.


Yo creo que no aman el Arte, quienes rompen el cristal del corazón de un poeta, para deleite de ojos
ruines y enfermizos.


ya a la historia seria: se cita, se cree y se relata; el predicador ha hecho de ella su texto, y
el moralista su tema baldío; y yo, que hablaba a todas las edades, he tenido que aceptar
mi veredicto de un monicaco y bufón. He dicho en esta carta, y reconozco que con cierta
acritud, que tal es la ironía de las cosas, que tu padre vivirá para ser el héroe de un opúsculo
de catequesis; que a ti se te colocará al lado del niño Samuel, y que mi sitio estará
entre Gilles de Retz y el marqués de Sade. Me atrevo a decir que más vale así. No quiero
quejarme. Una de las muchas lecciones que se aprenden en la cárcel es que las cosas son
lo que son, y serán lo que hayan de ser. Tampoco dudo que el leproso del medievalismo y
el autor de Justine serán mejor compañía que Sandford y Merton.
Pero en el momento en que te escribí pensaba que para ti y para mí sería bueno, sería
propio, sería acertado no aceptar la historia que tu padre había presentado a través de sus
abogados para edificación de un mundo filisteo, y por eso te pedí que pensaras y escribieras
algo que se acercara más a la verdad. Por lo menos habría sido mejor para ti que garabatear
para los periódicos franceses sobre la vida doméstica de tus padres. ¿Qué les importaba
a los franceses que tus padres hubieran sido o no felices en su vida doméstica?
No se concibe un tema que menos les pudiera interesar. Lo que sí les interesaba era cómo
un artista de mi distinción, que por la escuela y movimiento que encarnaba había ejercido
una influencia marcada en la dirección del pensamiento francés, podía, tras llevar semejante
vida, iniciar semejante acción. Si para tu artículo hubieras propuesto publicar las
cartas, me temo que incontables, en las que te había hablado de la ruina que estabas acarreando
a mi vida, de la locura de los estados de ira que estabas dejando que te dominaran
con daño tuyo y mío, y de mi deseo, más aún, mi determinación de poner fin a una amistad
tan funesta para mí en todos los aspectos, yo lo habría entendido, aunque no habría
permitido que tales cartas se publicaran; cuando los abogados de tu padre, queriendo sorprenderme
en contradicción, presentaron de pronto ante el tribunal una carta mía que te
había escrito en marzo del 93, donde afirmaba que antes que soportar una repetición de
las detestables escenas que parecían darte tan terrible placer consentiría de grado en ser
«chantajeado por todos los renters de Londres», fue para mí un dolor muy real que ese
lado de mi amistad contigo fuera incidentalmente revelado a la mirada del vulgo; pero el
que tú fueras tan tardo en ver, tan carente de toda sensibilidad, y tan falto de apreciación
de lo raro, lo delicado y lo hermoso, como para tú mismo proponer la publicación de las
cartas en las que, y con las que, yo intentaba mantener vivos el espíritu y el alma mismos
del Amor, para que pudiera habitar en mi cuerpo a través de los largos años de humillación
de ese cuerpo: eso fue, y sigue siendo para mí, causa del dolor más profundo, del
desengaño más lacerante. Por qué lo hiciste, temo saberlo demasiado bien. Si el Odio cegó
tus ojos, la Vanidad te cosió los párpados con hilos de hierro. La facultad «que es lo
único que nos permite comprender a los demás en sus relaciones así reales como ideales
», tu egotismo estrecho la había embotado, y el largo desuso la había inutilizado. La
imaginación estaba tan encarcelada como yo. La Vanidad había puesto barrotes en las
ventanas, y el carcelero se llamaba Odio.

Todo esto tuvo lugar en la primera quincena de noviembre del año antepasado. Un gran
río de vida fluye entre ti y una fecha tan distante. Apenas o nada puedes ver a través de
un desierto tan ancho. Pero a mí me parece como si hubiera sido, no diré ayer, sino hoy.
El sufrimiento es un único momento largo. No lo podemos dividir en estaciones. Sólo
podemos registrar sus modos y anotar su retorno. Para nosotros el tiempo en sí no avanza.
Gira. Parece dar vueltas en torno a un único centro de dolor. La inmovilidad paralizante
de una vida regulada en cada una de sus circunstancias según un patrón invariable, de
forma que comemos y bebemos, caminamos y nos acostamos y rezamos, o por lo menos
nos arrodillamos en oración, conforme a las leyes inflexibles de una fórmula de hierro:
esa inmovilidad, que hace que cada día terrible sea igual a los demás hasta en el menor
detalle, parece comunicarse a aquellas fuerzas externas cuya esencia misma es el cambio
incesante. De la época de la siembra o de la recolección, de los segadores que se doblan
sobre la mies o los vendimiadores que serpean entre las viñas, de la hierba del huerto
blanqueada de capullos rotos o salpicada de frutos caídos, no sabemos nada, ni podemos
saber nada. Para nosotros sólo hay una estación, la estación del Dolor. Es como si hasta el
sol y la luna nos hubieran quitado. Afuera el día podrá ser azul y oro, pero la luz que se
filtra por el grueso vidrio del ventanuco enrejado que tenemos encima es gris y miserable.
En la celda siempre es atardecer, como en el corazón es siempre medianoche. Y en la esfera
del pensamiento, no menos que en la esfera del tiempo, ya no hay movimiento.
Aquello que tú personalmente habrás olvidado hace mucho tiempo, o puedes olvidar con
facilidad, a mí me está pasando ahora, y mañana me volverá a pasar. Acuérdate de esto, y
podrás comprender un poco el porqué de que te escriba, y te escriba de esta manera.
Una semana después me trasladan aquí. Pasan otros tres meses y mi madre se muere.
Tú sabías, nadie mejor, lo mucho que yo la quería y la veneraba. Su muerte fue tan terrible
para mí que yo, que en tiempos fuera señor del lenguaje, no tengo palabras con que
expresar mi angustia y mi vergüenza. Nunca, ni en los días más perfectos de mi desarrollo
como artista, pude tener palabras dignas con que llevar una carga tan augusta, ni
acompañar con suficiente majestad de música el purpúreo cortejo de mi pena incomunicable.
Ella y mi padre me habían legado un nombre que ellos habían ennoblecido y honrado
no sólo en la Literatura, el Arte, la Arqueología y la Ciencia, sino en la historia pública
de mi propio país y en su evolución como nación. Yo había manchado ese nombre
eternamente. Había hecho de él un mote bajo entre gente baja. Lo había arrastrado por el
mismísimo fango. Lo había entregado a bestias para que lo bestializaran, y a necios para
que lo hicieran sinónimo de necedad. Lo que entonces sufrí, y sufro aún, no hay pluma
que lo escriba ni papel que lo registre. Mi mujer, que por entonces era buena y cariñosa
conmigo, por que yo no oyera la noticia de labios indiferentes o extraños, vino, a pesar de
estar enferma, de Génova a Inglaterra para anunciarme ella misma una pérdida tan irreparable,
tan irredimible. Me llegaron mensajes de simpatía de todos los que todavía me tenían
afecto. Incluso personas que no me habían conocido personalmente, al saber que en
mi vida rota había entrado una nueva aflicción, escribieron pidiendo que se me transmitiera
alguna expresión de condolencia. Tú solo te mantuviste al margen, y ni me enviaste
ningún mensaje ni me escribiste ninguna carta. De tales acciones es mejor decir lo que
Virgilio dice en Dante de aquellos cuyas vidas han sido baldías en impulsos nobles y hueras
de intención: «Non ragioniam di lor, ma guarda, epassa».
 
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astaroth1
view post Posted on 6/9/2010, 11:15




Transcurren otros tres meses. El calendario de mi conducta y trabajo diarios que cuelga
fuera de la puerta de mi celda, con mi nombre y condena escritos, me dice que estamos
en mayo. Mis amigos vienen a verme otra vez. Les pregunto, como hago siempre, por ti.
Me dicen que estás en tu villa de Nápoles, y que vas a sacar un libro de poemas. Al final
de la entrevista se menciona de pasada que me los vas a dedicar. Esa noticia me dio como
una náusea de la vida. No dije nada, pero silenciosamente volví a mi celda con desprecio
y desdén en el corazón. ¿Cómo se te pudo ocurrir dedicarme un libro de poemas sin antes
pedirme permiso? ¿Ocurrírsete he dicho? ¿Cómo te pudiste atrever a semejante cosa?
¿Darás como respuesta que en los tiempos de mi grandeza y fama yo había consentido en
recibir la dedicatoria de tus primeras obras? Ciertamente lo hice; como habría aceptado el
homenaje de cualquier otro muchacho que hiciera sus comienzos en el difícil y bello arte
de la literatura. Todo homenaje es delicioso para un artista, y doblemente dulce cuando
viene de la juventud. El laurel se marchita cuando son manos añosas las que lo cortan.
Sólo la juventud tiene derecho a coronar a un artista. Ése es el verdadero privilegio de ser
joven, aunque la juventud no lo sepa. Pero los tiempos de humillación e infamia son diferentes
de los de grandeza y fama. Aún tienes que aprender que la Prosperidad, el Placer y
el Éxito pueden ser de grano tosco y fibra vulgar, pero el Dolor es lo más sensible de todo
lo creado. No hay nada que se mueva en todo el mundo del pensamiento o del movimiento
a lo que el Dolor no vibre con pulsación terrible, aunque exquisita. La fina hoja batida
de oro trémulo que registra la dirección de fuerzas que el ojo es incapaz de ver es grosera
en comparación. Es una herida que sangra cuando la toca otra mano que no sea la del
Amor, y aun entonces vuelve a sangrar, aunque no sea de sufrimiento.
Pudiste escribir al director de la prisión de Wandsworth solicitando mi permiso para
publicar mis cartas en el Mercure de France, «que es el equivalente de nuestra Fortnightly
Review». ¿Por qué no haber escrito al director de la prisión de Reading solicitando mi
permiso para que me dedicases tus poemas, dándoles la descripción fantástica que te
hubiera parecido? ¿Fue porque en un caso la revista en cuestión tenía mi prohibición de
publicar unas cartas cuya propiedad legal, como por supuesto sabes de sobra, era y es exclusivamente
mía, y en el otro creíste poder salirte con la tuya sin que supiera nada hasta
que fuera demasiado tarde para intervenir? El mero hecho de que yo fuera un hombre
deshonrado, arruinado y encarcelado debería haberte movido, si deseabas escribir mi
nombre en la primera página de tu libro, a pedírmelo como un favor, un honor, un privilegio.
Así es como hay que dirigirse a los que están en la aflicción y en el oprobio.
Allí donde hay Dolor hay terreno sagrado. Algún día te darás cuenta de lo que esto significa.
Hasta entonces no sabrás nada de la vida. Robbie, y naturalezas como la suya, se
dan cuenta. Cuando me llevaron de la cárcel al Tribunal de Quiebras entre dos policías,
Robbie estaba esperando en el largo y siniestro corredor, para poder, delante de todo el
gentío, que ante un gesto tan dulce y simple enmudeció, quitarse gravemente el sombrero
ante mí, cuando esposado y con la cabeza gacha pasé junto a él. Hombres han ido al cielo
por cosas más pequeñas. Con ese espíritu, y con ese modo de amor, se arrodillaban los
santos para besar los pies de los pobres o se inclinaban para besar al leproso en la mejilla.
Jamás le he dicho una sola palabra sobre lo que hizo. Este es el momento en que no sé si
sabe que reparé siquiera en su acción. No es una cosa que se pueda agradecer formalmente
en lenguaje formal. La conservo en el tesoro de mi corazón. La guardo ahí como una
deuda secreta que me alegra pensar que no podría pagar nunca. Está embalsamada y endulzada
con la mirra y la casia de muchas lágrimas. Cuando la Sabiduría me ha sido improvechosa,
y la Filosofía estéril, y los proverbios y frases de los que pretendían darme
consuelo han sido como polvo y cenizas en mi boca, la memoria de aquel pequeño gesto
humilde y silencioso de Amor ha abierto para mí todos los pozos de la piedad, ha hecho
al desierto florecer como una rosa, y me ha llevado de la amargura del exilio solitario a la
armonía con el corazón herido, roto y grande del mundo. Cuando tú puedas comprender,
no sólo lo hermoso que fue el gesto de Robbie, sino por qué significó tanto para mí, y
siempre significará tanto, entonces, quizá, te darás cuenta de cómo y con qué espíritu deberías
haberme pedido permiso para dedicarme tus versos.
Hay que decir que en cualquier caso no habría aceptado la dedicatoria. Aunque, posiblemente,
en otras circunstancias me habría agradado que se me hiciera esa petición, la
habría denegado por ti, al margen de cuáles fueran mis sentimientos. El primer libro de
poemas que en la primavera de su virilidad lanza un muchacho al mundo debe ser como
un capullo o una flor primaveral, como el espino blanco del prado de Magdalena o las
prímulas de los campos de Cumnor. No debe estar cargado con el peso de una tragedia
terrible, repugnante; de un escándalo terrible, repugnante. Haber dejado que mi nombre
sirviera como heraldo del libro habría sido un grave error artístico. Habría rodeado la
obra entera de una atmósfera equivocada, y en el arte moderno la atmósfera importa mucho.
La vida moderna es compleja y relativa. Ésas son sus dos notas distintivas. Para reflejar
la primera hace falta atmósfera, con su sutileza de nuances, de sugerencia, de perspectivas
extrañas; para la segunda hace falta fondo. Por eso la Escultura ha dejado de ser
un arte representativo; y por eso la Música es un arte representativo; y por eso la Literatura
es, y ha sido, y será siempre el supremo arte representativo.
Tu librito debería haber traído consigo aires sicilianos y arcadios, no la fetidez pestilente
del banquillo de los criminales ni el aire viciado de la celda de presidio. Y no es sólo
que una dedicatoria como la que proponías hubiera sido un error de gusto en Arte; es que
desde otros puntos de vista habría sido totalmente indecorosa. Habría parecido una prolongación
de tu conducta antes y después de mi detención. Habría dado a la gente la impresión
de querer ser una estúpida bravata: un ejemplo de esa clase de coraje que se vende
barato y se compra barato en las calles de la vergüenza. En lo que a nuestra amistad se
refiere, Némesis nos ha aplastado a los dos como moscas. La dedicatoria de versos a mí
en prisión habría parecido una especie de necio esfuerzo de réplica mordaz, talento del
que en tus viejos tiempos de escribidor de cartas horribles -tiempos que espero, sinceramente
y por tu bien, que no vuelvan nunca solías enorgullecerte abiertamente y te jactabas
con alegría. No habría producido el efecto serio, hermoso, que confío -creo, de
hecho- que buscabas. Si me hubieras consultado, yo te habría aconsejado que retrasaras
un poco la publicación de tus versos; o, si eso te desagradaba, que publicaras anónimamente
al principio, y después, cuando tu canto hubiera conquistado amantes -la única clase
de amantes que realmente vale la pena conquistar-, haberte dado la vuelta y dicho al
mundo: «Estas flores que admiráis las he sembrado yo, y ahora se las ofrezco a alguien a
quien tenéis por paria y proscrito: son mi tributo a lo que yo amo y reverencio y admiro
en él». Pero escogiste mal método y mal momento. Hay un tacto en el amor, y un tacto en
la literatura: tú no fuiste sensible ni al uno ni al otro.
Te he hablado largamente sobre este punto para que adviertas todo lo que encierra, y
entiendas por qué me apresuré a escribir a Robbie en términos tan desdeñosos y despectivos
hacia ti, y prohibí tajantemente la dedicatoria, y quise que las palabras que escribía de
ti fueran copiadas cuidadosamente y se te enviaran. Sentí que ya era hora de que se te
hiciera ver, reconocer, comprender un poco de lo que habías hecho. La ceguera puede
llegar hasta el extremo de ser grotesca, y una naturaleza carente de imaginación, si no se
hace nada por espabilarla, se petrifica en insensibilidad absoluta, de modo que aunque el
cuerpo coma y beba y tenga sus placeres, el alma, de la que el cuerpo es casa, puede estar,
como la de Branca d'Oria en Dante, muerta absolutamente. Parece ser que mi carta
llegó muy a tiempo. Cayó sobre ti, hasta donde me es dado juzgar, como un trueno. En tu
respuesta a Robbie dices haberte quedado «privado de toda capacidad de pensamiento y
expresión». En efecto, al parecer no se te ocurre nada mejor que escribir a tu madre quejándote.
Ella, naturalmente, con esa ceguera para tu verdadero bien que ha sido su malhadada
fortuna y la tuya, te da todos los consuelos imaginables, y arrullado por ella vuelves,
supongo, a tu desdichado e indigno estado anterior; mientras que, en lo que a mí respecta,
participa a mis amigos que está «muy disgustada» por la severidad de mis observaciones
sobre ti. En realidad no sólo a mis amigos les comunica su disgusto, sino también
a los que -número mucho más crecido, no hay por qué recordártelo- no son mis amigos; y
ahora se me informa, por cauces muy bien dispuestos hacia ti y los tuyos, de que a consecuencia
de eso mucha de la simpatía que, en razón de mi genio distinguido y mis terribles
padecimientos, había ido creciendo en torno a mí, con paso lento pero seguro, se ha disipado
del todo. Se dice: «¡Vaya! ¡Primero quiso meter en la cárcel al bondadoso padre y
fracasó; ahora arremete contra el inocente hijo y le culpa de su fracaso! ¡Cuánta razón
teníamos al despreciarle! ¡Cómo se merece nuestro desprecio!». Me parece a mí que,
cuando se mencione mi nombre en presencia de tu madre, si no tiene una palabra de pena
ni de remordimiento por su parte -no pequeña en la ruina de mi casa, lo más decoroso sería
que se quedara callada. Y en cuanto a ti, ¿no crees ahora que, en lugar de escribirle a
ella con tus quejas, habría sido mejor para ti, en todos los aspectos, escribirme a mí direc
tamente, y haber tenido el coraje de decirme lo que tuvieras que decir? Ya hace casi un
año que escribí esa carta. No es posible que hayas pasado todo ese tiempo «privado de
toda capacidad de pensamiento y expresión». ¿Por qué no me escribiste? Viste por mi
carta lo mucho que me había herido, lo que me había afrentado todo tu comportamiento.
Más que eso: viste tu entera amistad conmigo colocada ante ti, por fin, a su verdadera luz,
y de un modo que no admitía equívoco. Antaño te había dicho muchas veces que estabas
arruinando mi vida. Tú siempre te habías reído. Cuando Edwin Levy, en el comienzo
mismo de nuestra amistad, viendo de qué manera me empujabas a cargar con el peso, y la
molestia, y hasta el gasto de aquel desdichado aprieto tuyo en Oxford, si hemos de llamarlo
así, a propósito del cual se había recabado su consejo y su ayuda, se pasó una hora
entera poniéndome en guardia contra ti, tú te reíste cuando en Bracknell te relaté mi larga
e impresionante entrevista con él. Cuando te dije que hasta aquel desdichado que al final
compartiría conmigo el banquillo me había avisado más de una vez de que tú serías mucho
más conducente a mi total destrucción que ninguno de los chicos vulgares a los que
tuve la necedad de conocer, tú te reíste, aunque la cosa no pareció divertirte mucho.
Cuando mis amigos más prudentes o menos complacientes me avisaron o me dejaron por
mi amistad contigo, te reíste con desprecio. Te reíste a carcajadas cuando, al escribirte tu
padre su primera carta insultante contra mí, te dije que era consciente de no ser más que
una cabeza de turco en vuestra horrenda guerra y que entre los dos acabaríais conmigo.
Pero todas esas cosas habían ocurrido como yo dije que sucederían, en lo que hace a resultados.
No tenías excusa para no ver cómo se había cumplido todo. ¿Por qué no me escribiste?
¿Fue cobardía? ¿Fue insensibilidad? ¿Qué fue? El hecho de que yo estuviera
indignado contigo, y hubiera manifestado mi indignación, era mayor motivo para escribir.
Si mi carta te parecía justa, debías haber escrito. Si te parecía injusta en lo más mínimo,
debías haber escrito. Yo esperaba una carta. Estaba seguro de que por fin verías que si el
viejo afecto, el amor tantas veces declarado, los mil gestos de cariño mal correspondido
que te había prodigado, las mil deudas impagadas de gratitud que me debías; que si todo
eso no era nada para ti, el mero deber, el más estéril de todos los lazos que unen a los
hombres, te haría escribir. No puedes decir que pensaras seriamente que sólo se me permitía
recibir comunicaciones de orden práctico de miembros de mi familia. Sabías perfectamente
que cada doce semanas Robbie me mandaba un pequeño resumen de noticias
literarias. No cabe cosa más encantadora que sus cartas, por su ingenio, su crítica inteligente
y concentrada, su ligereza: son cartas de verdad; son como oír hablar a una persona;
tienen la calidad de una causerie intime francesa: y en sus delicadas deferencias hacia mí,
unas veces apelando a mi juicio, otras a mi sentido del humor, otras a mi instinto de la
belleza o a mi cultura y recordándome de cien formas sutiles que en otro tiempo fui para
muchos un árbitro del estilo en el Arte, para algunos el árbitro supremo, demuestra tener
el tacto del amor además del tacto de la literatura. Sus cartas han sido para mí los pequeños
mensajeros de ese mundo hermoso e irreal del Arte donde en otro tiempo fui Rey, y
donde de hecho habría seguido siendo Rey si no me hubiera dejado llevar al mundo imperfecto
de las pasiones groseras e inacabadas, del apetito sin distinción, el deseo sin límite
y la codicia informe. Pero, con todo y con eso, no me digas que no podías entender,
o concebir al menos en tu propio magín, que, aun por las razones ordinarias de la mera
curiosidad psicológica, habría sido para mí más interesante saber de ti que enterarme de
que Alfred Austin quería sacar un libro de poemas, o que Street estaba escribiendo crítica
de teatro para el Daily Chronicle, o que uno que no sabe decir un panegírico sin tartamudear
había declarado a la señora Meynell la nueva Sibila del Estilo.
 
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astaroth1
view post Posted on 8/9/2010, 07:16




¡Ah, si hubieras sido tú el encarcelado!: no diré que por una falta mía, que una idea tan
horrible ni la podría soportar, sino por una falta tuya, por un error tuyo, fe en un amigo
indigno, desliz en el cenagal de la sensualidad, confianza mal puesta o amor mal dirigido,
o ninguna de esas cosas o todas, ¿crees que yo te habría dejado reconcomerte en las tinieblas
y la soledad sin intentar de alguna manera, por pequeña que fuese, ayudarte a llevar
el fardo amargo de tu desgracia? ¿Crees que no te habría hecho saber que si tú sufrías, yo
sufría también; que si llorabas, también había lágrimas en mis ojos; y que si yacías en la
casa de la servidumbre y despreciado de los hombres, yo con mis propias penas había
hecho una casa donde habitar hasta tu vuelta, un tesoro donde todo lo que los hombres te
habían negado estaría guardado para sanarte, aumentado al ciento por uno? Si la amarga
necesidad, o la prudencia para mí más amarga aún, me hubieran impedido estar cerca de
ti y me hubieran robado la alegría de tu presencia, aunque fuera viéndote entre barrotes y
en figura de ignominia, yo te habría escrito a toda hora con la esperanza de que una mera
frase, una sola palabra, siquiera un eco entrecortado de Amor te llegase. Si te hubieras
negado a recibir mis cartas, aun así habría escrito, para que supieras que en cualquier caso
siempre había cartas esperándote. Muchos lo han hecho conmigo. Cada tres meses hay
personas que me escriben, o que proponen escribirme. Sus cartas y comunicaciones se
guardan. Me serán entregadas cuando salga de la cárcel. Sé que están ahí. Sé los nombres
de las personas que las han escrito. Sé que están llenas de solidaridad, de bondad y de
afecto. Eso me basta. No necesito saber más. Tu silencio ha sido horrible. Y no ha sido
un silencio sólo de semanas y meses, sino de años; de años incluso para la cuenta de los
que, como tú, viven velozmente en la felicidad, y apenas entrevén los pies dorados de los
días que pasan danzando, y pierden el aliento persiguiendo el placer. Es un silencio sin
excusa; un silencio sin atenuantes. Yo sabía que tenías los pies de barro. ¿Quién lo iba a
saber mejor? Cuando escribí, entre mis aforismos, que eran únicamente los pies de barro
los que hacían precioso el oro de la imagen, en ti estaba pensando. Pero no es una imagen
de oro con pies de barro lo que has hecho de ti mismo. Con el mismísimo polvo del camino
común que las pezuñas del ganado convierten en cieno has modelado tu perfecto
retrato para que yo lo mire, de modo que, no importa cuál hubiera sido mi deseo secreto,
me fuera ya imposible sentir otra cosa que desprecio y desdén por ti, y sentir otra cosa
que desprecio y desdén por mí mismo. Y dejando a un lado todas las demás razones, tu
indiferencia, tu respeto del mundo, tu insensibilidad, tu prudencia, como lo quieras llamar,
se me ha hecho doblemente amarga por las peculiares circunstancias que acompañaron
o siguieron a mi caída.
Otros desgraciados, cuando los meten en la cárcel, aunque despojados de la belleza del
mundo, al menos están a salvo, en alguna medida, de los golpes más mortíferos del mundo,
de sus dardos más temibles. Pueden ocultarse en lo oscuro de sus celdas, y de su propia
desgracia hacer como un santuario. El mundo, una vez que ha conseguido lo que quería,
sigue su camino, y a ellos les deja sufrir en paz. No ha sido así conmigo. Pena tras
pena han venido a llamar a las puertas de la cárcel en mi busca. Han abierto de par en par
las puertas y las han dejado entrar. Pocos o ninguno de mis amigos han podido verme.
Pero mis enemigos han tenido paso franco a mí siempre. Dos veces en mis comparecencias
públicas ante el Tribunal de Quiebras, otras dos veces en mis traslados públicos de
una prisión a otra, he sido expuesto en condiciones de humillación indescriptible a la mirada
y la mofa de los hombres. El mensajero de la Muerte me ha traído sus noticias y ha
seguido adelante, y en total soledad, y aislado de todo lo que pudiera darme consuelo o
sugerir alivio, he tenido que soportar la carga intolerable de tristeza y remordimiento que
el recuerdo de mi madre ponía sobre mí y sigue poniendo. Apenas el tiempo había embotado,
que no curado, esa herida, cuando me llegan de mi esposa cartas violentas, duras y
amargas, por conducto de su abogado. De inmediato se me acusa y amenaza de pobreza.
Eso lo puedo soportar. Puedo hacerme a cosas aún peores. Pero me arrebatan legalmente
a mis dos hijos; y eso es y seguirá siendo siempre para mí un motivo de aflicción infinita,
de suplicio infinito, de dolor sin fin y sin límite. Que la ley decida, y se arrogue la facultad
de decidir, que yo soy indigno de estar con mis propios hijos, eso es absolutamente
horrible para mí. La ignominia de la prisión no es nada comparada con eso. Envidio a los
otros hombres que pasean el patio conmigo. Estoy seguro de que sus hijos los esperan,
aguardan su venida, los recibirán con dulzura.
Los pobres son más sabios, más caritativos, más bondadosos, más sensibles que nosotros.
A sus ojos la cárcel es una tragedia en la vida de un hombre, un infortunio, un percance,
algo que reclama la solidaridad de los demás. Hablan del que está encarcelado, y
no dicen sino que está «en un apuro». Es la expresión que usan siempre, y lleva dentro la
sabiduría perfecta del Amor. En la gente de nuestro rango no es así. Entre nosotros la cárcel
te hace un paria. Yo, y la gente como yo, apenas si tenemos derecho al aire y al sol.
Nuestra presencia contamina los placeres de los demás. Nadie nos acoge cuando reaparecemos.
Revisitar los atisbos de la luna no es para nosotros. Hasta nuestros hijos nos quitan.
Esos bellos vínculos con la humanidad se rompen. Estamos condenados a estar solos,
aunque nuestros hijos vivan. Se nos niega lo único que podría sanarnos y ayudarnos, poner
bálsamo en el corazón golpeado y paz en el alma dolorida.
Y a todo eso se ha añadido el hecho pequeño y duro de que con tus acciones y con tu silencio,
con lo que has hecho y lo que has dejado sin hacer, has conseguido que cada día
de mi largo encarcelamiento se me hiciera todavía más difícil de soportar. Hasta el pan y
el agua de la prisión los has cambiado con tu conducta: lo uno lo has hecho amargo, lo
otro salobre para mí. La tristeza que deberías haber compartido la has duplicado, el dolor
que deberías haber tratado de aliviar lo has hecho angustia. No me cabe ninguna duda de
que no era ésa tu intención. Sé que no era ésa tu intención. Fue simplemente ese «único
defecto verdaderamente fatal de tu carácter, tu absoluta falta de imaginación».
Y el final de todo es que tengo que perdonarte. He de hacerlo. No escribo esta carta para
poner amargura en tu corazón, sino para arrancarla del mío. Por mi propio bien tengo
que perdonarte. No puede uno tener siempre una víbora comiéndole el pecho, ni levantarse
todas las noches para sembrar abrojos en el jardín del alma. No me será nada difícil
hacerlo, si tú me ayudas un poco. Todo lo que me hicieras en los viejos tiempos siempre
lo perdonaba de buen grado. Entonces eso no te hacía ningún bien. Sólo aquel en cuya
vida no haya ninguna mancha puede perdonar pecados. Pero ahora que estoy humillado y
deshonrado es otra cosa. Mi perdón ahora debería significar mucho para ti. Algún día te
darás cuenta. Sea enseguida o no, pronto o tarde o nunca, para mí el camino está claro.
No puedo permitir que vayas por la vida con el peso en el corazón de haber arruinado a
un hombre como yo. Ese pensamiento podría sumirte en una indiferencia despiadada, o
en una tristeza morbosa. Tengo que tomar ese peso de ti y echarlo sobre mis hombros.
Tengo que decirme que ni tú ni tu padre, multiplicados por mil, podríais haber arruinado
a un hombre como yo; que yo me arruiné; y que nadie, ni grande ni pequeño, se arruina
si no es por su propia mano. Estoy totalmente dispuesto a hacerlo. Estoy intentando
hacerlo, aunque en estos momentos no te lo parezca. Si he presentado esta acusación inmisericorde
contra ti, piensa qué acusación presento sin misericordia contra mí. Lo que tú
me hiciste fue terrible, pero lo que yo me hice fue mucho más terrible aún.
Yo era un hombre que estaba en relaciones simbólicas con el arte y la cultura de mi
época. Eso lo había comprendido yo solo ya en los albores de mi edad adulta, y se lo había
hecho comprender a mi época después. Pocos mantienen esa posición en vida y la ven
reconocida. La suele descubrir, si la descubre, el historiador, o el crítico, mucho después
de que el hombre y su tiempo hayan pasado. En mi caso no fue así. La sentí yo mismo, e
hice que otros la sintieran. Byron fue una figura simbólica, pero sus relaciones fueron con
la pasión de su época y su cansancio de la pasión. Las mías eran con algo mas noble, más
permanente, de consecuencias más vitales, de mayor alcance.
 
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astaroth1
view post Posted on 8/9/2010, 08:18




Los dioses me lo habían dado casi todo. Tenía genialidad, un apellido distinguido, posición
social elevada, brillantez, osadía intelectual; hacía del arte una filosofía, y de la filosofía
un arte; alteraba las mentes de los hombres y los colores de las cosas; no había nada
que dijera o hiciera que no causara asombro; tomé el teatro, la forma más objetiva que
conoce el arte, y lo convertí en un modo de expresión tan personal como la canción o el
soneto, a la vez que ensanchaba su radio y enriquecía su caracterización; teatro, novela,
poema en rima, poema en prosa, diálogo sutil o fantástico, todo lo que tocaba lo hacía
hermoso con un género nuevo de hermosura; a la verdad misma le di lo falso no menos
que lo verdadero como legítimos dominios, y mostré que lo falso y lo verdadero no son
sino formas de existencia intelectual. Traté el Arte como la realidad suprema, la vida como
un mero modo de ficción; desperté la imaginación de mi siglo de suerte que crease
mito y leyenda alrededor de mí; resumí todos los sistemas en una frase, y toda la existencia
en una agudeza.
Junto con esas cosas, tenía otras distintas. Me dejaba arrastrar a largas rachas de indolencia
sensual y sin sentido. Me divertía ser un fláneur, un dandy, un personaje mundano.
Me rodeaba de naturalezas mezquinas y de mentes inferiores. Vine a ser el manirroto de
mi propio genio, y malbaratar una juventud eterna me proporcionaba un curioso gozo.
Cansado de estar en las alturas, iba deliberadamente a las bajuras en busca de nuevas sensaciones.
Lo que la paradoja era para mí en la esfera del pensamiento, eso vino a ser la
perversidad en la esfera de la pasión. El deseo, al final, era una enfermedad, o una locura,
o ambas cosas. Me hice desatento a las vidas de los demás. Tomaba el placer donde me
placía y seguía de largo. Olvidé que cada pequeña acción de cada día hace o deshace el
carácter, y que por lo tanto lo que uno ha hecho en la cámara secreta lo tiene que vocear
un día desde los tejados. Dejé de ser Señor de mí mismo. Ya no era el Capitán de mi Alma,
y no lo sabía. Dejé que tú me dominaras, y que tu padre me atemorizara. Acabé en
una espantosa deshonra. Ahora para mí sólo queda una cosa, la absoluta Humildad: lo
mismo que para ti sólo queda una cosa, la absoluta Humildad también. Te vendría bien
bajar al polvo y aprenderla a mi lado.
Llevo en la cárcel casi dos años. De mi naturaleza ha brotado la desesperación salvaje;
un abandono al dolor que era penoso de ver; ira terrible e impotente; amargura y desprecio;
angustia que lloraba a gritos; tormento que no encontraba voz; tristeza muda. He pasado
por todos los modos posibles del sufrimiento. Mejor que el propio Wordsworth sé lo
que Wordsworth quería decir cuando escribió:

Suffering is permanent, obscure, and dark
And has the nature of Infinity.

El sufrimiento es permanente, oscuro y tenebroso, y posee el carácter de la Infinitud.


Pero, aunque a veces me regocijara en la idea de que mis sufrimientos fueran interminables,
no podía soportar que no tuvieran sentido. Ahora encuentro escondido en mi naturaleza
algo que me dice que no hay nada en el mundo que carezca de sentido, y el sufrimiento
menos que nada. Ese algo escondido en mi naturaleza, como un tesoro en un
campo, es la Humildad.
Es lo último que me queda, y lo mejor: el descubrimiento final al que he llegado; el
punto de partida de un nuevo derrotero. Me ha venido de dentro de mí mismo, y por eso
sé que ha venido cuando debía. No podría haber venido ni antes ni después. Si alguien me
lo hubiera dicho lo habría rechazado. Si me lo hubieran traído lo habría rehusado. Como
yo lo encontré, quiero conservarlo. Tengo que conservarlo. Es la única cosa que contiene
los elementos de la vida, de una nueva vida, de una Vita Nuova para mí. De todas las cosas
es la más extraña. No se la puede dar, ni nos la puede dar otro. No se puede adquirir si
no es cediendo todo lo que uno tiene. únicamente cuando ha perdido todas las cosas sabe
uno que la posee.
Ahora que me doy cuenta de lo que hay dentro de mí, veo con toda claridad lo que tengo
que hacer, lo que de hecho debo hacer. Y cuando empleo una expresión así, no hace
falta que te diga que no estoy aludiendo a ninguna sanción o mandato exteriores. No admito
ninguno. Soy mucho mas individualista que nunca. Nada me parece del menor valor
salvo lo que uno saca de sí mismo. Mi naturaleza está buscando un modo nuevo de autorrealización.
Eso es lo único que me interesa. Y lo primero que tengo que hacer es librarme
de cualquier posible acritud de sentimiento hacia ti.
Estoy completamente sin dinero, y absolutamente sin hogar. Pero hay en el mundo cosas
peores. Con toda franqueza te digo que antes que salir de esta prisión con amargura
en el corazón contra ti o contra el mundo, iría contento y alegre mendigando el pan de
puerta en puerta. Si no me dieran nada en la casa del rico, algo me darían en la del pobre.
Los que tienen mucho son con frecuencia avarientos. Los que tienen poco siempre comparten.
No me importaría nada dormir en la hierba fresca en el verano, y cuando entrase
el invierno cobijarme al calor de la niara apretada, o bajo el saledizo de un granero, mientras
tuviera amor en mi corazón. Las exterioridades de la vida me parecen ahora carentes
de importancia. Ya ves a qué intensidad de individualismo he llegado, o más bien estoy
llegando, porque el viaje es largo, y «donde yo pongo el pie hay espinas».
Por supuesto que sé que no me tocará pedir limosna por los caminos, y que si alguna
vez me tiendo a la noche en la hierba verde será para escribir sonetos a la Luna. Cuando
salga de la cárcel, Robbie me estará esperando al otro lado del portón de hierro, y él es el
símbolo no sólo de su propio afecto, sino del afecto de muchos más. Creo que en cualquier
caso tendré bastante para ir tirando durante año y medio, de modo que, si no puedo
escribir libros hermosos, podré al menos leer libros hermosos, y ¿cabe alegría mayor?
Después espero poder recrear mi facultad creadora. Pero si las cosas fueran distintas; si
no me quedara un amigo en el mundo; si no hubiera una sola casa abierta para mí siquiera
por compasión; si tuviera que aceptar el zurrón y el capote raído de la pura indigencia;
mientras me viera libre de resentimiento, dureza y acritud podría afrontar la vida con mucha
más calma y confianza que si mi cuerpo vistiera de púrpura y lino fino, y dentro el
alma estuviera enferma de odio. Y realmente no voy a tener dificultad para perdonarte.
Pero para que sea un placer para mí es preciso que tú sientas que lo quieres. Cuando realmente
lo quieras lo encontrarás esperándote.
No es preciso que te diga que mi tarea no termina ahí. En ese caso sería comparativamente
fácil. Es mucho más lo que me aguarda. Tengo montes mucho más escarpados que
subir, valles mucho más oscuros que cruzar. Y todo lo he de sacar de mí mismo. Ni la
Religión, ni la Moral, ni la Razón me pueden ayudar.
La Moral no me ayuda. Yo nací antinomista. Soy de ésos que están hechos para las excepciones,
no para las leyes. Pero aunque veo que no hay nada malo en lo que uno hace,
veo que hay algo malo en lo que uno llega a ser. Está bien haberlo aprendido.
La Religión no me ayuda. La fe que otros ponen en lo que no se ve, yo la pongo en lo
que se puede tocar y mirar. Mis Dioses moran en templos hechos con manos, y dentro del
círculo de la experiencia real se perfecciona y completa mi credo: acaso se complete demasiado,
porque como muchos o todos los que han puesto su Cielo en esta tierra, he
hallado en él no solo la hermosura del Cielo, sino también el horror del Infierno. Cuando
pienso en la Religión, pienso que me gustaría fundar una orden para los que no creen: la
Cofradía de los Huérfanos se podría llamar, y allí, en un altar sin ninguna vela encendida,
un sacerdote, en cuyo corazón la paz no tuviera asilo, podría celebrar con pan sin bendecir
y un cáliz vacío de vino. Todo para ser verdad ha de hacerse religión. Y el agnosticismo
debe tener su ritual lo mismo que la fe. Ha sembrado sus mártires, debería cosechar
sus santos, y alabar a Dios todos los días por haberse ocultado a los ojos de los hombres.
Pero, ya sea fe o agnosticismo, no puede ser nada exterior a mí. Sus símbolos los
tengo que crear yo. Sólo es espiritual lo que hace su propia forma. Si no encuentro su secreto
dentro de mí, nunca lo encontraré. Si no lo tengo ya, no vendrá a mí jamás.
 
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astaroth1
view post Posted on 8/9/2010, 09:18




La Razón no me ayuda. Me dice que las leyes por las que se me condena son leyes
equivocadas e injustas, y que el sistema por el que he padecido es un sistema equivocado
e injusto. Pero, de algún modo, tengo que hacer que ambas cosas sean justas y acertadas
para mí. Y exactamente como en el Arte lo único que interesa es lo que determinada cosa
es para uno en determinado momento, así también en la evolución ética del carácter. Yo
tengo que hacer que todo lo que me ha ocurrido sea bueno para mí. La cama de tabla, la
comida asquerosa, las duras sogas que hay que deshacer en estopa hasta que las yemas de
los dedos se acorchan de dolor, los menesteres serviles con que empieza y termina cada
día, las órdenes brutales que parecen inseparables de la rutina, el espantoso traje que hace
grotesco el dolor, el silencio, la soledad, la vergüenza: todas y cada una de esas cosas las
tengo que transformar en experiencia espiritual. No hay una sola degradación del cuerpo
que no deba tratar de convertir en espiritualización del alma.
Quiero llegar a poder decir, con toda sencillez, sin afectación, que los dos grandes puntos
de inflexión de mi vida fueron cuando mi padre me mandó a Oxford y cuando la sociedad
me mandó a la cárcel. No diré que sea lo mejor que me podría haber ocurrido,
porque esa frase sabría a amargura excesiva conmigo mismo. Preferiría decir, o que se
dijera de mí, que fui tan hijo de mi época que en mi contumacia, y por esa contumacia,
convertí las cosas buenas de mi vida en mal, y las cosas malas de mi vida en bien. Pero
poco importa lo que yo diga o digan los demás. Lo importante, lo que tengo ante mí, lo
que tengo que hacer si no quiero estar durante el breve resto de mis días lisiado, desfigurado
e incompleto, es absorber en mi naturaleza todo lo que se me ha hecho, hacerlo parte
de mí, aceptarlo sin queja, ni miedo, ni renuencia. El vicio supremo es la superficialidad.
Todo lo que se comprende está bien.
Cuando llegué a la cárcel hubo quienes me aconsejaron que intentara olvidarme de
quién era. Fue un consejo ruinoso. Sólo dándome cuenta de lo que soy he encontrado
consuelo de algún tipo. Ahora otros me aconsejan que cuando salga intente olvidar que
alguna vez estuve encarcelado. Sé que eso sería igualmente fatal. Significaría estar siempre
obsesionado por una sensación intolerable de ignominia, y que esas cosas que están
hechas para mí como para todos los demás -la belleza del sol y de la luna, el desfile de las
estaciones, la música del amanecer y el silencio de las grandes noches, la lluvia que cae
entre las hojas o el rocío que se encarama a la hierba y la baña de plata-, se contaminarían
todas para mí, y perderían su poder de curar y su poder de comunicar alegría. Rechazar
las propias experiencias es detener el propio desarrollo. Negar las propias experiencias es
poner una mentira en los labios de la propia vida. Es nada menos que renegar del Alma.
Pues así como el cuerpo absorbe cosas de todas clases, cosas vulgares y sucias no menos
que las que el sacerdote o una visión ha purificado, y las convierte en fuerza o velocidad,
en el juego de bellos músculos y el modelado de carne hermosa, en las curvas y colores
del pelo, de los labios, del ojo; así el Alma, a su vez, tiene también sus funciones nutritivas,
y puede transformar en estados de pensamiento nobles, y pasiones de alto valor, lo
que en sí es bajo, cruel y degradante: más aún, puede encontrar en eso sus modos mas
augustos de afirmación, y a menudo alcanzar su revelación más perfecta mediante aquello
que iba orientado a profanar o a destruir.
El hecho de haber sido preso común de un presidio común yo lo tengo que aceptar
francamente, y, por curioso que pueda parecerte, una de las cosas que tendré que aprender
yo solo será a no avergonzarme de él. Debo aceptarlo como un castigo, y, si uno se
avergüenza de haber sido castigado, el castigo no le habrá servido de nada. Por supuesto
que hay muchas cosas por las que se me condenó que yo no había hecho, pero también
hay muchas cosas por las que se me condenó que había hecho, y un número todavía mayor
de cosas en mi vida de las que nunca fui inculpado siquiera. Y en cuanto a lo que he
dicho en esta carta, que los dioses son extraños y nos castigan tanto por lo que hay de
bueno y humano en nosotros como por lo que hay de malo y perverso, debo aceptar el
hecho de que a uno se le castiga por el bien lo mismo que por el mal que hace. No me
cabe duda de que está en razón que así sea. Es algo que ayuda, o debería ayudar, a comprender
ambas cosas, y a no envanecerse demasiado de ninguna de las dos. Y si yo entonces
no me avergüenzo de mi castigo, como espero no avergonzarme, podré pensar y
moverme y vivir con libertad.
Muchos hombres excarcelados sacan consigo la prisión al aire, la ocultan como una infamia
secreta en el corazón, y al cabo, como pobres cosas envenenadas, se arrastran a
morir en un rincón. Es penoso que tengan que hacerlo, y es malo, muy malo, que la Sociedad
los obligue a hacerlo. La Sociedad se arroga el derecho de infligir castigos atroces
al individuo, pero también tiene el vicio supremo de la superficialidad, y no alcanza a
darse cuenta de lo que ha hecho. Cuando el castigo del hombre termina, la Sociedad le
deja a sus recursos: es decir, le abandona en el preciso momento en que empieza su deber
más alto para con él. La verdad es que se avergüenza de sus propias acciones, y rehuye a
aquellos a los que ha castigado, como se rehuye a un acreedor al que no se puede pagar, o
a aquel a quien se ha hecho un mal irreparable e irremisible. Yo por mi parte sostengo
que, si yo comprendo lo que he sufrido, la Sociedad debe comprender lo que me ha infligido,
y que no debe haber ni amargura ni odio por ninguna de las partes.
Claro que sé que desde un punto de vista las cosas se me harán más cuesta arriba que a
otros; así ha de ser, por la propia naturaleza del caso. Los pobres ladrones y proscritos
que están encarcelados aquí conmigo son en muchos aspectos más afortunados que yo. El
caminito de gris ciudad o verde campo que vio su pecado es pequeño; para encontrar a
quienes no sepan nada de lo que han hecho no tienen que ir más allá de lo que vuela un
pájaro entre el crepúsculo del alba y el alba misma; pero para mí «el mundo se ha reducido
a la anchura de una mano», y dondequiera que vaya mi nombre está escrito con plomo
sobre las peñas. Porque yo no he venido de la oscuridad a la notoriedad momentánea del
delito, sino de una especie de eternidad de fama a una especie de eternidad de infamia, y
a veces a mí mismo me parece haber demostrado, si hacía falta demostrarlo, que de lo
famoso a lo infame no hay más que un paso, si lo hay.
Aun así, en el propio hecho de que la gente me haya de reconocer allí donde vaya, y saberlo
todo de mi vida en lo que ha tenido de desvarío, distingo algo bueno para mí. Me
impondrá la necesidad de volver a afirmarme como artista, y tan pronto como me sea posible.
Si soy capaz de hacer siquiera otra obra de arte hermosa podré quitarle a la malicia
su veneno, y a la cobardía su mofa, y arrancar de raíz la lengua del escarnio. Y si la vida
es, como sin duda lo es, un problema para mí, también yo soy un problema para la Vida.
La gente ha de adoptar una actitud hacia mí, y con ello juzgarse y juzgarme. No es necesario
que diga que no hablo de personas concretas. Los únicos con los que me interesaría
estar son los artistas y las personas que han sufrido: los que saben lo que es la Belleza, y
los que saben lo que es el Dolor; nadie más me interesa. Ni le planteo exigencias a la Vida.
En todo lo que he dicho me preocupa únicamente mi actitud mental hacia la vida en
su totalidad; y siento que no avergonzarme de haber sido castigado es una de las primeras
metas que tengo que alcanzar, para mi propia perfección, y por lo imperfecto que soy.
Después tengo que aprender a ser feliz. En otro tiempo lo supe, o creí saberlo, por instinto.
En otro tiempo mi corazón estaba siempre en primavera. Mi temperamento era
hermano de la dicha. Yo llenaba mi vida de placer hasta el borde, como se llena hasta el
borde una copa de vino. Ahora estoy afrontando la vida desde una óptica completamente
nueva, y hasta lo que es imaginar la felicidad me resulta a menudo extremadamente difícil.
Recuerdo que en mi primer curso de Oxford leí en el Renacimiento de Pater -ese libro
que ha tenido una influencia tan extraña sobre mi vida- que Dante coloca en las bajuras
del Infierno a los que viven empecinados en la tristeza; y me fui a la biblioteca del colegio
y miré el pasaje de la Divina Comedia donde bajo la ciénaga terrible yacen los que
estuvieron «tristes en el aire dulce», repitiendo para siempre en sus suspiros:

Tristi fummo
nell' aer dolce che dal sol s'allegra.

Tristes estuvimos en el aire dulce que con el sol se alegra.
 
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astaroth1
view post Posted on 8/9/2010, 10:11




Yo sabía que la Iglesia condenaba la accidia, pero la idea toda me parecía muy fantástica,
el tipo de pecado, me dije, que inventa un sacerdote que no sabe nada de la vida real.
Ni entendía tampoco que Dante, que dice que «el dolor nos recasa con Dios», pudiera ser
tan duro con los enamorados de la melancolía, si verdaderamente los hubiera. No tenía ni
idea de que un día ésa iba a ser una de las mayores tentaciones de mi vida.
Mientras estuve en la prisión de Wandsworth anhelaba morir. Era mi único deseo.
Cuando tras dos meses en la enfermería me trasladaron aquí, y vi que poco a poco iba
mejorando mi salud física, me puse rabioso. Decidí suicidarme el mismo día que saliera
de la cárcel. Al cabo de un tiempo ese mal ánimo pasó, y resolví vivir, pero vestido de
tinieblas como un Rey se viste de púrpura: no volver a sonreír; convertir toda casa donde
entrara en casa de duelo; hacer a mis amigos caminar despacio y tristes conmigo; enseñarles
que la melancolía es el verdadero secreto de la vida; lisiarlos con un dolor ajeno;
desfigurarlos con mi pena. Ahora pienso de otro modo muy distinto. Veo que sería desagradecido
y malo si cuando mis amigos vienen a verme pusiera una cara tan larga que
ellos tuvieran que ponerla más larga aún para solidarizarse; o, si quisiera recibirlos, invitarlos
a sentarse en silencio a comer hierbas amargas y asados funerarios. Tengo que
aprender a estar alegre y contento.
En las dos últimas ocasiones en que se me permitió ver aquí a mis amigos traté de estar
lo más alegre posible, y manifestar mi alegría para compensarlos siquiera levemente por
la molestia de haber hecho todo el viaje desde Londres para visitarme. Es una compensación
pequeña, lo sé, pero estoy seguro de que es la que más les agrada. El sábado hará
una semana que vi a Robbie durante una hora, y traté de dar la expresión más completa
posible del deleite que realmente me producía nuestro encuentro. Y que, en los principios
y las ideas que aquí me estoy forjando, voy bien encaminado, me lo demuestra el hecho
de que es ahora cuando, por primera vez desde mi encarcelamiento, tengo un verdadero
deseo de vivir.
Es tanto lo que me queda por hacer, que me parecería una terrible tragedia morir antes
de haber podido completar siquiera una pequeña parte. Veo nuevos caminos en el Arte y
en la Vida, cada uno de los cuales es un modo inédito de perfección. Anhelo vivir para
poder explorar lo que para mí es nada menos que un mundo nuevo. ¿Quieres saber qué es
ese mundo nuevo? Creo que te lo puedes imaginar. Es el mundo en el que vivo hace algún
tiempo.
El dolor, pues, y todo lo que enseña, es mi mundo nuevo. Yo vivía enteramente para el
placer. Rehuía el dolor y el sufrimiento de cualquier clase. Los detestaba. Estaba resuelto
a no verlos en lo posible, es decir, a tratarlos como modos de imperfección. No eran parte
de mi plan de vida. No tenían sitio en mi filosofía. Mi madre, que conocía la vida como
un todo, solía citarme a menudo los versos de Goethe, escritos por Carlyle en un libro que
le había regalado años atrás, y traducidos, me figuro, también por él:

Who never ate his bread in sorrow,
Who never spent the midnight hours
Weeping and waiting for the morrow,
He knows you not, ye Heavenly Powers.

El que nunca comió su pan con dolor, el que nunca pasó las horas de la medianoche llorando y esperando
a la mañana, ése no os conoce, Potencias Celestiales.


Eran los versos que aquella noble Reina de Prusia, a quien Napoleón trató con tan grosera
brutalidad, citaba en su humillación y exilio; eran versos que mi madre citaba a menudo
en las tribulaciones de sus últimos años; yo me negaba en rotundo a aceptar o admitir
la enorme verdad oculta en ellos. No la podía entender. Recuerdo muy bien que le decía
que yo no quería comer mi pan con dolor, ni pasar ninguna noche llorando y esperando
despierto un amanecer más amargo. No tenía yo ni idea de que era una de las cosas
especiales que los Hados me tenían reservadas; que durante un año entero de mi vida, realmente,
iba a hacer poco más. Pero es así como se me ha adjudicado mi parte; y durante
los últimos meses, tras terribles luchas y dificultades, he podido comprender algunas de
las lecciones que se ocultan en el corazón de la pena. Los clérigos, y la gente que usa frases
sin sabiduría, hablan a veces del sufrimiento como un misterio. La verdad es que es
una revelación. Se descubren cosas que uno nunca había descubierto. La historia entera
se ve desde otra óptica. Lo que sobre el Arte se había sentido oscuramente por instinto, se
comprende intelectual y emocionalmente con perfecta claridad de visión y absoluta intensidad
de aprehensión.
Yo veo ahora que el dolor, por ser la emoción suprema de que el hombre es capaz, es a
la vez el tipo y la prueba de todo gran Arte. Lo que el artista va siempre buscando es ese
modo de existencia en el que alma y cuerpo son una unidad indivisible; en el que lo exterior
es expresivo de lo interior; en el que la Forma revela. De tales modos de existencia
hay no pocos: la juventud y las artes atentas a la juventud pueden servirnos de modelo en
un momento; en otro quizá pensemos que, por su sutileza y sensibilidad de impresión, su
sugerencia de un espíritu que habita en las cosas externas y se reviste de tierra y aire, de
bruma y ciudad por igual, y por la mórbida simpatía de sus estados, y tonos y colores, el
arte del paisaje moderno está realizando para nosotros pictóricamente lo que los griegos
realizaron con tal perfección plástica. La música, en la que todo contenido está absorbido
en la expresión y no se puede separar de ella, es un ejemplo complejo, y una flor o un niño
son un ejemplo simple de lo que quiero decir: pero el Dolor es el tipo acabado, lo
mismo en la vida que en el Arte.
Tras la Alegría y la Risa puede haber un temperamento grosero, duro y encallecido. Pero
tras el Dolor siempre hay Dolor. La Pena, a diferencia del Placer, no lleva mascara. La
verdad en el Arte no es ninguna correspondencia entre la idea esencial y la existencia accidental;
no es la semejanza de figura y sombra, ni de la forma reflejada en el cristal y la
forma misma; no es ningún Eco que baje de la oquedad de un monte, como no es el pozo
de agua de plata en el valle que muestra la Luna a la Luna y Narciso a Narciso. La verdad
en el Arte es la unidad de la cosa consigo misma; lo exterior hecho expresivo de lo interior;
el alma encarnada; el cuerpo movido por el espíritu. Por eso no hay verdad comparable
al Dolor. Hay momentos en que el Dolor me parece ser la única verdad. Otras cosas
podrán ser ilusiones de la vista o del apetito, hechas para cegar lo uno y empachar lo otro,
pero con el Dolor se han construido mundos, y en el nacimiento de un niño o de una estrella
hay dolor.
Más que eso: hay en torno al Dolor una intensa, una extraordinaria realidad. He dicho
de mí que estaba en relaciones simbólicas con el arte y la cultura de mi época. No hay un
solo hombre desdichado de los que están conmigo en este lugar desdichado que no esté
en relaciones simbólicas con el secreto mismo de la vida. Porque el secreto de la vida es
el sufrimiento. Eso es lo que se oculta detrás de todo. Cuando empezamos a vivir, lo dulce
es tan dulce para nosotros, y lo amargo es tan amargo, que inevitablemente dirigimos
todos nuestros deseos al placer, y aspiramos no ya a «alimentarnos de miel un mes o
dos», sino a no probar otro alimento en todos nuestros años, ignorantes de que mientras
tanto podemos estar realmente matando de hambre el alma.
 
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28 replies since 1/9/2010, 08:48   1089 views
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